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Cuentos Narrativa argentina

El aljibe – Mariana Enriquez

Lo que tiene de genial este cuento, y en general la escritura de Mariana Enriquez, es que encuentra y explota el terror que subyace en lo cotidiano. Donde la mirada de uno pasa casi sin prestar atención, ahí la autora escribe un cuento tremendo. 

En sus cuentos el horror está en todas partes, en un hotel antiguo, en un barrio maldito, en una mujer con la cara desfigurada por las quemaduras, en las obsesiones de los seres solitarios y en muchos lugares más. Al acercarnos a sus cuentos nos damos cuenta de que el terror nos rodea y nos envuelve todo el tiempo, todos los días. 

Hoy les compartimos  “El aljibe”, un cuento que es parte del libro «Los peligros de fumar en la cama», y trata sobre la brujería, sobre los famosos gualichos o “trabajos”, y lo bueno que tiene es que nos acerca al territorio de lo conocido. ¿Quién no tiene una anécdota propia o ajena sobre un trabajo que le hicieron a alguien? ¿Quién no encontró alguna vez una macumba en la calle y la miró pensando en que esas cosas no hay que mirarlas ni tocarlas porque si no, el mal se nos impregnaría?

Cuando se trata de ese tipo de cosas muchos decimos que no creemos, que esas cosas no existen, pero muy en el fondo nos atraen y también nos aterran.

El aljibe

I am terrified by this dark thing
That sleeps in me;
All day I feel its soft, feathery turnings, its malignity.

Sylvia Plath


Josefina recordaba el calor y el hacinamiento dentro del Renault 12 como si el viaje hubiera sucedido apenas unos días atrás y no cuando ella tenía seis años, poco días después de Navidad, bajo el asfixiante sol de enero. Su padre manejaba, casi sin hablar; su madre iba en el asiento de adelante y, en el de atrás, Josefina había quedado atrapada entre su hermana y su abuela Rita, que pelaba mandarinas e inundaba el auto con el olor de la fruta recalentada. Iban de vacaciones a Corrientes, a visitar a los tíos maternos, pero eso era sólo una parte del gran motivo del viaje, que Josefina no podía adivinar. Recordaba que ninguno hablaba mucho; su abuela y su madre llevaban anteojos oscuros y sólo abrían la boca para alertar sobre algún camión que pasaba demasiado cerca del auto, o para pedirle a su padre que disminuyera la velocidad, tensas y alertas a la espera de un accidente.


Tenían miedo. Siempre tenían miedo. En verano, cuando Josefina y Mariela querían bañarse en la Pelopincho, la abuela Rita llenaba la pileta con apenas diez centímetros de agua y vigilaba cada chapoteo sentada en una silla bajo la sombra del limonero del patio, para llegar a tiempo si sus nietas se ahogaban. Josefina recordaba que su madre lloraba y llamaba a médicos y ambulancias de madrugada si ella o su hermana tenían unas líneas de fiebre. O las hacía faltar a la escuela ante un inofensivo catarro. Nunca les daba permiso para dormir en casa de amigas, y apenas las dejaba jugar en la vereda; si lo hacía, podían verla vigilándolas por la ventana, escondida detrás de las cortinas. A veces Mariela lloraba de noche, diciendo que algo se movía debajo de su cama, y nunca podía dormir con la luz apagada. Josefina era la única que nunca tenía miedo, como su padre. Hasta aquel viaje a Corrientes.


Apenas recordaba cuántos días habían pasado en casa de los tíos, ni si habían ido a la Costanera o a caminar por la peatonal. Pero se acordaba perfectamente de la visita a la casa de doña Irene. Ese día el cielo estaba nublado, pero el calor era pesado, como siempre en Corrientes antes de una tormenta. Su padre no las había acompañado; la casa de doña Irene quedaba cerca de la de los tíos, y las cuatro habían ido caminando acompañadas de la tía Clarita. No la llamaban bruja, le decían La Señora; su casa tenía un patio delantero hermoso, un poco demasiado recargado de plantas, y casi en el centro había un aljibe pintado de blanco; cuando Josefina lo vio se soltó de la mano de su abuela y corrió ignorando los aullidos de pánico, para verlo de cerca y asomarse al pozo. No pudieron detenerla antes de que viera el fondo y el agua estancada en lo profundo.


Su madre le dio un cachetazo que la habría hecho llorar si Josefina no hubiera estado acostumbrada a esos golpes nerviosos que terminaban en llantos y abrazos y «mi nenita, mi nenita, mirá si te pasa algo». Algo como qué, había pensado Josefina. Si ella nunca había pensado en tirarse. Si nadie iba a empujarla. Si ella sólo quería ver si el agua reflejaba su cara, como siempre sucedía en los aljibes de los cuentos, su cara como una luna con cabello rubio en el agua negra.


Josefina la había pasado bien esa tarde en casa de La Señora. Su madre, su abuela y su hermana, sentadas sobre banquetas, habían dejado que Josefina curioseara las ofrendas y chucherías que se amontaban frente a un altar; la tía Clarita, respetuosa, esperaba mientras tanto en el patio, fumando. La Señora hablaba, o rezaba, pero Josefina no podía recordar nada extraño, ni cánticos, ni humaredas, ni siquiera que tocara con las manos a su familia. Solamente les susurraba lo suficientemente bajo como para que ella no pudiera escuchar lo que decía, pero no le importaba: sobre el altar descubría escarpines de bebé, ramos de flores y ramas secas, fotografías en color y blanco negro, cruces decoradas con lazos rojos, estampitas de santos, muchos rosarios –de plástico, de madera, de metal plateado– y la fea figura del santo al que su abuela le rezaba, San La Muerte, un esqueleto con su guadaña, repetida en diferentes tamaños y materiales, algunas veces tosco, otras tallado al detalle, con los huecos de los globos oculares negrísimos y la sonrisa amplia.


Al rato, Josefina se aburrió y La Señora le dijo: «Chiquita, por qué no te acostás en el sillón, andá». Ella lo hizo y se durmió al instante, sentada. Cuando despertó, ya era de noche y la tía Clarita se había cansado de esperar. Tuvieron que volver caminando solas. Josefina se acordaba que, antes de salir, había tratado de volver a mirar dentro del aljibe, pero no se había animado. Estaba oscuro y la pintura blanca brillaba como los huesos de San La Muerte; era la primera vez que sentía miedo. Volvieron a Buenos Aires pocos días después. La primera noche en casa, Josefina no había podido dormir cuando Mariela apagó el velador.

Mariela dormía tranquilamente en la camita de enfrente, y ahora el velador estaba en la mesa de luz de Josefina, que recién tenía sueño cuando las agujas fosforescentes del reloj de Hello Kitty marcaban las tres o las cuatro de la madrugada. Mariela se abrazaba a un muñeco y Josefina veía que los ojos de plástico brillaban humanos en la semioscuridad. O escuchaba cantar un gallo en plena noche y recordaba –pero ¿quién se lo había dicho?– que ese canto, a esa hora, era señal de que alguien iba a morir. Y debía ser ella, así que se tomaba el pulso –había aprendido a hacerlo viendo a su madre, que siempre les controlaba la frecuencia de los latidos cuando tenían fiebre–. Si eran demasiado rápidos, tenía tanto miedo que ni siquiera se atrevía a llamar a sus padres para que la salvaran. Si eran lentos, se apoyaba la mano en el pecho para controlar que el corazón no se detuviera. A veces se dormía contando, atenta al minutero. Una noche había descubierto que la mancha de revoque en el techo, justo sobre su cama –el arreglo de una gotera– tenía forma de rostro con cuernos, la cara del diablo. Eso sí se lo había dicho a Mariela; pero su hermana, riéndose, dijo que las manchas eran como las nubes, que se podían ver distintas formas si uno las miraba demasiado. Y que ella no veía ningún diablo, le parecía un pájaro sobre dos patas. Otra noche había escuchado el relincho de un caballo o un burro… pero las manos le empezaron a transpirar cuando pensó que debía ser el Alma Mula, el espíritu de una muerta que transformado en mula no podía descansar y salía a trotar de noche. Eso se lo había contado a su padre; él le besó la cabeza, dijo que eran pavadas y a la tarde lo había escuchado gritarle a su madre: «¡Que tu vieja deje de contarle pelotudeces a la nena! ¡No quiero que le llene la cabeza, ignorante supersticiosa de mierda!». La abuela negaba haberle contado nada, y no mentía. Josefina no tenía idea de dónde había sacado esas cosas, pero sentía que las sabía, como sabía que no podía acercar la mano a una hornalla encendida sin quemarse, o que en otoño tenía que ponerse un saquito sobre la remera porque de noche refrescaba.


Años después, sentada frente a uno de sus tantos psicólogos, había tratado de explicarse y racionalizar cada miedo: lo que Mariela había dicho del revoque podía ser cierto, a lo mejor le había escuchado contar esas historias a la abuela porque eran parte de la mitología correntina, a lo mejor un vecino del barrio tenía un gallinero, a lo mejor la mula era de los botelleros que vivían a la vuelta. Pero no creía en la explicaciones. Su madre solía ir a las sesiones y explicaba que ella y su madre eran «ansiosas» y «fóbicas», que por cierto podían haberle contagiado esos miedos a Josefina; pero se estaban recuperando, y Mariela había dejado de sufrir terrores nocturnos, así que «lo de Jose» sería cuestión de tiempo.

Pero el tiempo fueron años, y Josefina odiaba a su padre porque un día se había ido dejándola sola con esas mujeres que ahora, después de años de encierro, planeaban vacaciones y salidas de fin de semana mientras ella se mareaba cuando llegaba a la puerta; odiaba haber tenido que dejar la escuela y que su madre la acompañara a rendir los exámenes cada fin de año; odiaba que los únicos chicos que visitaban su casa fueran amigos de Mariela; odiaba que hablaran de «lo de Jose» en voz baja, y sobre todo odiaba pasarse días en su habitación leyendo cuentos que de noche se transformaban en pesadillas. Había leído la historia de Anahí y la flor del ceibo, y en sueños se le había aparecido una mujer envuelta en llamas; había leído sobre el urataú, y ahora antes de dormirse escuchaba al pájaro, que en realidad era una chica muerta, llorando cerca de su ventana. No podía ir a La Boca porque le parecía que debajo de la superficie del riachuelo negro había cuerpos sumergidos que seguro intentarían salir cuando ella estuviera cerca de la orilla. Nunca dormía con una pierna destapada porque esperaba la mano fría que la rozara. Cuando su madre tenía que salir, la dejaba con la abuela Rita; y si se retrasaba más de media hora, Josefina vomitaba porque la tardanza sólo podía significar que se había muerto en un accidente. Pasaba corriendo frente al retrato del abuelo muerto al que jamás había conocido porque podía sentir cómo la seguían sus ojos negros, y nunca se acercaba al cuarto donde estaba el viejo piano de su madre porque sabía que cuando nadie lo tocaba, se ocupaba de hacerlo el diablo.

Desde el sillón, con el pelo tan grasoso que parecía siempre húmedo, veía pasar el mundo que se estaba perdiendo. Ni siquiera había ido al cumpleaños de quince de su hermana, y sabía que Mariela se lo agradecía. Iba de un psiquiatra a otro desde hacía tiempo, y ciertas pastillas le habían permitido empezar la secundaria, pero sólo hasta tercer año, cuando había descubierto que en los pasillos del colegio se escuchaban otras voces bajo el murmullo de los chicos que planeaban fiestas y borracheras; cuando desde adentro del baño, mientras hacía pis, había visto pies descalzos caminando por los azulejos y una compañera le dijo que debía ser la monja suicida que años atrás se había colgado del mástil. Fue inútil que su madre y la directora y la psicopedagoga le dijeran que ninguna monja se había matado jamás en el patio; Josefina ya tenía pesadillas sobre el Sagrado Corazón de Jesús, sobre el pecho abierto de Cristo que en sueños sangraba y le empapaba la cara, sobre Lázaro, pálido y podrido levantándose de una tumba entre las rocas, sobre ángeles que querían violarla.


Así que se había quedado en casa, y de vuelta a rendir materias cada fin de año con certificado médico. Y mientras tanto Mariela volvía de madrugada en autos que frenaban en la puerta, y se escuchaban los gritos de los chicos al final de una noche de aventuras que Josefina ni siquiera podía imaginar. Envidiaba a Mariela incluso cuando su madre le gritaba porque la cuenta del teléfono era impagable; si sólo ella hubiera tenido alguien con quién hablar. Porque no le servía el grupo de terapia, todos esos chicos con problemas reales, con padres ausentes o infancias llenas de violencia que hablaban de drogas y sexo y anorexia y desamor. Y sin embargo seguía yendo, siempre en taxi, de ida y de vuelta –y el taxista tenía que ser siempre el mismo, y esperarla en la puerta, porque se mareaba y los latidos de su corazón no la dejaban respirar si se quedaba sola en la calle. No había subido a un colectivo desde aquel viaje a Corrientes y la única vez que había estado en el subterráneo gritó hasta quedarse afónica, y su madre tuvo que bajarse en la estación siguiente; ésa vez la había zamarreado y arrastrado por las escaleras, pero a Josefina no le importó porque tenía que salir de cualquier manera de ese encierro, ese ruido, esa oscuridad serpenteante.

Las pastillas nuevas, celestes, casi experimentales, relucientes como recién salidas del laboratorio, eran fáciles de tragar y en apenas un rato lograban que la vereda no pareciera un campo minado; hasta la hacían dormir sin sueños que pudiera recordar, y cuando apagó el velador una noche, no sintió que las sábanas se enfriaban como una tumba. Seguía teniendo miedo, pero podía ir al kiosko sola sin la seguridad de morir en el trayecto. Mariela parecía más entusiasmada que ella. Le propuso salir juntas a tomar un café, y Josefina se atrevió –en taxi ida y vuelta, eso sí–; esa tarde había podido hablar como nunca con su hermana, y se sorprendió planeando ir al cine (Mariela prometió salir en mitad de la película si hacía falta) y hasta confesando que a lo mejor tenía ganas de ir a la facultad, si en las aulas no había demasiada gente y las ventanas o puertas le quedaban cerca. Mariela la abrazó sin vergüenza, y al hacerlo tiró una de las tazas de café al piso, que se partió justo a la mitad. El mozo juntó los restos sonriente, y cómo no, si Mariela era hermosa con sus mechones de pelo rubio sobre la cara, los labios gruesos siempre húmedos y los ojos apenas delineados de negro para que el verde del iris hipnotizara a los que la miraban.


Salieron varias veces más a tomar café –lo del cine nunca pudo concretarse– y una de esas tardes, Mariela le trajo los programas de varias carreras que podían gustarle a Josefina –Antropología, Sociología, Letras–. Pero parecía inquieta, y ya no con el nerviosismo de las primeras salidas, cuando debía estar preparada para llamar de urgencia a un taxi –o a una ambulancia, en el peor de los casos– para llevar a Josefina de vuelta a casa o a la guardia de un hospital. Acomodó los mechones de largo pelo rubio detrás de las orejas y encendió un cigarrillo.


–Jose– le dijo. –Hay una cosa.
–¿Qué?
–¿Te acordás cuando viajamos a Corrientes? Vos tendrías seis años, yo ocho…
–Sí.
–Buen, ¿te acordás que fuimos a una bruja? Mamá y la abuela fueron porque ellas
eran como vos, así, tenían miedo todo el tiempo, y se fueron a curar.


Josefina ahora la escuchaba atentamente. El corazón le latía muy rápido, pero respiró hondo, se secó las manos en los pantalones y trató de concentrarse en lo que decía su hermana, como le había recomendado su psiquiatra («Cuando viene el miedo», le había dicho, «prestale atención a otra cosa. Cualquier cosa. Fijate qué está leyendo la persona que tenés al lado. Leé los carteles de las publicidades, o contá cuántos autos rojos pasan por la calle».)


–Y yo me acuerdo que la bruja dijo que podían volver si les pasaba otra vez. A lo mejor podrías ir. Ahora que estás mejor. Yo sé que es una locura, parezco la abuela con sus boludeces de la provincia, pero a ellas se les pasó ¿o no?
–Mariel, yo no puedo viajar. Vos sabés que no puedo.
–¿Y si yo te acompaño? Me la banco, en serio. Lo planeamos bien.
–No me animo. No puedo.
–Buen. Si te animás, pensalo, qué se yo. Yo te ayudo en serio.

La mañana que intentó salir de la casa para ir a anotarse en la facultad, Josefina descubrió que el trayecto de la puerta al taxi le resultaba infranqueable. Antes de poner un pie en la vereda le temblaban las rodillas, y ya lloraba. Hacía varios días que notaba un estancamiento y hasta un retroceso en el efecto de las pastillas; había vuelto esa imposibilidad de llenar los pulmones, o mejor, esa atención obsesiva que le prestaba a cada inspiración, como si tuviera que controlar la entrada de aire para que el mecanismo funcionara, como si se estuviera dándose respiración boca a boca para mantenerse viva. Otra vez se paralizaba ante el menor cambio de lugar de los objetos de su habitación, otra vez tenía que encender ya no sólo la luz del velador, sino el televisor y la lámpara de techo para dormir, porque no soportaba ni una sola sombra. Esperaba cada síntoma, los reconocía; pero por primera sentía algo por debajo de la resignación y la desesperación. Estaba enojada. También estaba agotada, pero no quería volver a la cama a tratar de controlar los temblores y la taquicardia, ni arrastrarse hasta el sillón en pijama para pensar en el resto de su vida, en un futuro de hospital psiquiátrico o enfermeras privadas –porque no podía recurrir al suicidio, ¡si tenía tanto miedo de morirse!


En cambio, empezó a pensar en Corrientes y la Señora. Y en cómo era la vida en su casa antes del viaje. Recordó a su abuela llorando en cuclillas al lado de la cama, rezando para que parara la tormenta, porque le tenía miedo a los rayos, a los truenos, a los relámpagos, incluso a la lluvia. Recordó que su madre miraba por la ventana con ojos desorbitados cada vez que se inundaba la calle, y cómo gritaba que se iban a ahogar todos si no bajaba el agua. Recordó que Mariela nunca quería ir a jugar con los hijos de los vecinos, ni siquiera cuando la venían a buscar, y se abrazaba a sus muñecos como si temiera que se los robaran. Se acordó de que su padre llevaba a su madre una vez por semana al psiquiatra, y que ella siempre volvía semidormida, directo a la cama. Y hasta se acordó de doña Carmen, que se encargaba de hacerle los mandados y cobrarle la jubilación a su abuela, que no quería –no podía, ahora Josefina lo sabía– salir de la casa. Doña María llevaba diez años muerta, dos más que su abuela, y después del viaje a Corrientes sólo visitaba para tomar el té, porque todos los encierros y terrores se habían terminado. Para ellas. Porque para Josefina, recién empezaban.


¿Qué había pasado en Corrientes? ¿La Señora se había olvidado de «curarla» a ella? Pero, si no tenía que curarla de nada, si Josefina no tenía miedo. Pero entonces, si poco después había empezado a padecer lo mismo que las otras, ¿por qué no la habían llevado con La Señora? ¿Porque no la querían? ¿Y si Mariela se equivocaba? Josefina empezó a comprender que el enojo era el límite, que si no se aferraba al enojo y lo dejaba llevarla hasta un micro de larga distancia, hasta La Señora, nunca podría salir de ese encierro, y que valía la pena morir intentándolo.


Esperó a Mariela despierta una madrugada, y le hizo un café para despejarla.
–Mariel, vamos. Me animo.
–¿Adónde?
Josefino tuvo miedo de que su hermana retrocediera, retirara el ofrecimiento, pero se dio cuenta que no le entendía sólo porque estaba bastante borracha.
–A Corrientes, a ver a la bruja.
Mariela la miró completamente lúcida de golpe.
–¿Estás segura?
–Ya lo pensé, tomo muchas pastillas y duermo todo el camino. Si me pongo mal…me das más. No hacen nada. Como mucho, dormiré un montón.

Josefina subió casi dormida al micro; lo esperó al lado de su hermana en un banco, roncando con la cabeza apoyada sobre el bolso. Mariela se había asustado cuando la vio tomar cinco pastillas con un trago de Seven-Up, pero no le dijo nada. Y funcionó, porque Josefina despertó recién en la terminal de Corrientes, con la boca llena de sabor ácido y dolor de cabeza. Su hermana la abrazó durante todo el viaje en taxi hasta la casa de los tíos, y Josefina intentó no partirse los dientes de tanto rechinarlos. Se fue directo a la pieza de la tía Clarita, que las esperaba, y no aceptó comida ni bebida ni visitas de parientes; apenas podía abrir la boca para tragar las pastillas, le dolían las mandíbulas y no podía olvidar la ráfaga de odio y pánico en los ojos de su madre cuando le dijo que se iba a buscar a la bruja, ni cómo le había dicho: «Sabés bien que es al pedo» con tono triunfal. Mariela le había gritado «yegua hija de puta», y no quiso escuchar ninguna explicación; encerrada en la habitación con Josefina, se quedó toda la noche despierta sin hablar, fumando, eligiendo remeras y pantalones frescos para el calor de Corrientes. Cuando salieron para la terminal Josefina ya estaba drogada, pero bastante consciente como para notar que su madre no había salido de su pieza para despedirlas.


La tía Clarita les dijo que La Señora seguía viviendo en el mismo lugar, pero estaba muy vieja y ya no atendía a la gente. Mariela insistió: sólo para verla habían venido a Corrientes, y no se iban a ir hasta que las recibiera. En los ojos de Clarita asomaba el mismo miedo que en el de su madre, se dio cuenta Josefina. Y también supo que no las iba a acompañar, así que apretó el brazo de Mariela para interrumpir sus gritos («¡Pero qué mierda te pasa, por qué vos tampoco la querés ayudar, no ves cómo está!») y le susurró: «Vamos solas». En las tres cuadras hasta la casa de La Señora, que le parecieron kilómetros, Josefina pensó en ese «¡no ves como está!» y se enojó con su hermana. Ella también podría ser linda si no se le cayera el pelo, si no tuviera esas aureolas sobre la frente que dejaban ver el cuero cabelludo; podría tener esas piernas largas y fuertes si fuera capaz de caminar al menos una vuelta manzana; sabría cómo maquillarse si tuviera para qué y para quién; sus manos serían bellas si no se comiera las uñas hasta la cutícula; su piel sería dorada como la de Mariela si el sol la tocara más seguido. Y no tendría los ojos siempre enrojecidos y las ojeras si pudiera dormir o distraerse con algo más que la televisión o Internet.


Mariela tuvo que aplaudir en el patio de La Señora para que abriera la puerta, porque la casa no tenía timbre. Josefina miró el jardín, ahora muy descuidado, las rosas muertas de calor, las azucenas exangües, las plantas de ruda por todas partes, crecidas hasta alturas insólitas. La Señora apareció en el umbral cuando Josefina localizó el aljibe, casi oculto entre pastos, la pintura blanca tan descascarada que era posible ver los ladrillos rojos debajo.

La Señora las reconoció enseguida, y las hizo pasar. Como si las esperara. El altar seguía en pie, pero tenía el triple de ofrendas, y un San La Muerte enorme, del tamaño de un crucifijo de iglesia; dentro de los ojos huecos brillaban lucecitas intermitentes, seguramente de una guirnalda eléctrica navideña. Quiso sentar a Josefina en el mismo sillón donde se había dormido casi veinte años atrás, pero tuvo que correr a buscar un balde, porque habían empezado las arcadas; Josefina vomitó fluidos intestinales y sintió que el corazón le obturaba la garganta, pero La Señora le puso un mano en la frente.
–Respirá hondo, criatura, respirale.
Josefina le hizo caso, y por primera vez en muchos años volvió a sentir el alivio de los pulmones llenos de aire, libres, ya no atrapados detrás de las costillas. Tuvo ganas de llorar, de agradecerle; tuvo la seguridad de que La Señora la estaba curando. Pero cuando levantó la cabeza para mirarla a los ojos, tratando de sonreír con los dientes apretados, vio pena y arrepentimiento en La Señora.
–Nena, no hay nada que hacerle. Cuando te trajeron acá, ya estaba listo. Le tuve que tirar al aljibe. Yo sabía que los santitos no me lo iban a perdonar, que Añá te iba a traer de vuelta.
Josefina negó con la cabeza. Se sentía bien. ¿Qué quería decirle? ¿Estaría de verdad vieja y ya loca, como había dicho la tía Clarita? Pero La Señora se levantó suspirando, se acercó al altar y trajo de vuelta una foto vieja. La reconoció: su madre y su abuela, sentadas en un sillón, y entre ellas Mariela a la derecha y un hueco a la izquierda, donde debía estar Josefina.
–Me dieron una pena, una pena. Las tres con malos pensamientos, con carne de gallina, con un daño de muchos años. Yo me sobresaltaba de mirarlas nomás, eructaba, no les podía sacar de adentro los males.
–¿Qué males?
–Males viejos, nena, males que no se pueden decir –La Señora se santiguó. –Ni el Cristo de las Dos Luces podía con eso, no. Era viejo. Muy atacadas estaban. Pero vos nena no estabas. No estabas atacada. No sé por qué.
–¿Atacada de qué?
–¡Males! No se pueden decir –La Señora se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio, y cerró los ojos. –Yo no podía sacarles lo podrido y meterlo adentro mío porque no tengo esa fuerza, y no la tiene nadie. No podía fluidar, no podía limpiar. Podía nomás pasarlos, y los pasé. Te los pasé a vos, nena, cuando dormías acá. El Santito decía que no te iba a atacar tanto, porque estabas pura vos. Pero el Santito me mintió, o yo no le entendí. Ellas te los querían pasar, que te iban a cuidar decían. Pero no te cuidaron. Y yo le tuve que tirar. A la foto, la tiré al aljibe. Pero no se puede sacar. No te los puedo sacar nunca porque los males están en la foto tuya en el agua, y ya se habrá pudrido la foto. Ahí quedaron en la foto tuya, pegados a vos.
La Señora se tapó la cara con las manos. Josefina creyó ver que Mariela lloraba, pero no le prestó atención porque trataba de entender.
–Se quisieron salvar ellas, nena. Ésta también –Y señaló a Mariela –Era chica pero era bicha, ya.
Josefina se levantó con el resto de aire que le quedaba en los pulmones, con la nueva fuerza que le endurecía las piernas. No iba a durar mucho, estaba segura, pero por favor que fuera suficiente, suficiente para correr hasta el aljibe y arrojarse al agua de lluvia y ojalá que no tuviera fondo, ahogarse ahí con la foto y la traición. La Señora y Mariela no la siguieron, y Josefina corrió todo lo que pudo pero cuando alcanzó los bordes del aljibe las manos húmedas resbalaron, las rodillas se agarrotaron y no pudo, no pudo trepar, y apenas alcanzó a ver el reflejo de su cara en el agua antes de caer sentada entre los pastos crecidos, llorando, ahogada, porque tenía mucho mucho miedo de saltar.

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Crypta – Álvaro Bisama

Tiene treinta años y viene llegando del exilio. Es 1988 y desembarca en el puerto. No importa su nombre en esta historia que, si se mira bien, es solo una anécdota. Lo que dejó atrás es la memoria de una infancia donde existían otros colores, otros aromas. Se fue el 74, lo que recuerda –la memoria es una lejanía desolada– es el vértigo y un mundo que desapareció. Pero nada más. No le interesa recordar. Así que eso es todo, ese es el punto de partida. Así que recapitulemos: borrón y cuenta nueva al regreso, treinta años, 1988, el puerto. Eso basta para comenzar. A su llegada, no tiene un trabajo seguro. Vive en la casa de una pareja de amigos. Él es profesor y ella enfermera. 

La casa queda en los altos del cerro que se eleva en el punto exacto donde alguna vez estuvo el barrio rojo de la ciudad. Sobre ese barrio rojo se escribieron novelas y se filmaron películas pero ahora ya no queda nada salvo eso: las películas y los libros. Pero la vista desde su balcón es impresionante. Cuando se levanta, puede ver la bahía al amanecer y la lentitud de los buques al entrar y salir de la rada. Hace durar los ahorros. Les paga un arriendo mínimo a sus amigos y se dedica al arte, pinta, escribe, dibuja, esculpe, lo que quiere decir que no se dedica a nada; simplemente deambula por el puerto, bebe en los bares, se escurre en la frágil bohemia de los fines de dictadura. A veces se acuesta con novias ocasionales, muchachas que le preguntan por su acento, sus viajes y con las cuales comparte algunas tardes. Él, se hace entender, es poeta y, por ende, lee mucho. Aquello es falso pero no demasiado, lee mucho pero no es poeta. Alguna vez lo publicaron en una antología sueca de escritores en el exilio. Como todos los de la antología era una copia triste de Nicanor Parra. Pero da lo mismo. Lo que importa: una de las muchachas con las que se acuesta le presta un libro. 

El volumen se llama Crypta y es el primer y único libro de un poeta/artista visual/teórico que vive en un pueblo de la provincia que queda a una hora del puerto. Crypta tiene 120 páginas y es, de buenas a primeras, inentendible. En eso está de acuerdo casi todo el mundo: nadie sabe qué hacer con Crypta y con su autor. Los más arriesgados elucubran teorías sobre el libro: el libro que cambió la poesía chilena, el ensayo total sobre el lenguaje americano. Los menos, simplemente lo omiten, para qué entrar en honduras. Él, en todo caso, no es ninguno de ellos. No es más arriesgado ni menos arriesgado. Simplemente no entiende. Se pierde en Crypta, en ese laberinto de citas y collages que mezcla fotos de Trotski y Verlaine; mapas secretos del mundo; ecuaciones zoomórficas que deben ser resueltas por conejos; lingüística de topos; catálogos de arte victorianos; fotos de mujeres suspendidas en distintos tipos de oscuridad; conspiraciones, los agujeros negros del lenguaje, dedicatorias a poetas franceses desconocidos; más ecuaciones, esta vez graficadas con la iconografía de la meteorología hindú; reescrituras; fotos de casas en llamas, habitaciones llenas de escombros, anotaciones de náufragos que dilapidan sus últimos momentos contando fábulas nepalesas y el sonido transcrito que hace de una manada de lemmings ahogándose en un mar helado. 

Y sí, Crypta trae todo eso y más. Crypta es eso y más y él queda absorto con el libro. Se obsesiona. Les habla de él a los amigos que lo acogen. Rompe con la muchacha que se lo ha prestado para quedarse con él. Por esos días, consigue un trabajo: da clases de idioma en un instituto. Mata sus tardes con otras muchachas y yendo al cine. Sigue releyendo Crypta, del mismo modo que sigue errando por los bares, sin llegar a conclusión alguna. Deja de decir que es poeta. Su personalidad muta, se impregna del lenguaje de susurros nacionales, se llena de eufemismos. Pierde su acento extranjero. Se mimetiza con el color amarillo sucio del puerto. Empieza a fingir que le gusta su trabajo. Pasan los meses. Un día conoce en un bar a un cineasta. El cineasta le dice que está en busca de guiones, no se lo dice precisamente a él, pero él lo entiende así: están en una mesa llena, suena algo de Quilapayún y el cineasta (que es la estrella de la noche: ha presentado en una cineteca del puerto un documental sobre el desmantelamiento de una vieja discoteca en el centro de Santiago, una discoteca a la que asiste toda la fauna de la contracultura chilena pero que, irónicamente, está regentada por un ex CNI) dice: estoy en busca de un guionista. Lo dice al aire y no mira a nadie pero él entiende que le están hablando. Eso es todo: el cineasta dice que anda a la busca de un guionista y a él se le ilumina la cabeza y se da cuenta de que es guionista. No es raro, antes era poeta. 

Esa noche, a la salida del bar, medio ebrio le dice al cineasta que tiene un guión en barbecho y que se lo desea mostrar. El cineasta le dice que se va fuera de Chile un par de meses pero que a la vuelta pueden conversar. Él asiente y sonríe, le viene de perillas, en dos meses puede tener listo un guión. Se despiden en medio de ese barrio rojo donde ya no hay luces. Sube al cerro caminando. No pasan colectivos, camina entre medio de callejones oscuros, casas miserables, gatos perdidos y sombras fugaces que se agolpan en las esquinas. Mientras sube, piensa en el guión pero surgen algunos problemas. Al principio son problemas abstractos que lo golpean en la bruma alcohólica, miedos mínimos que se le aparecen de repente y de los cuales –mientras el frío de la noche lo devuelve paulatinamente a su estado de sobriedad– adquiere conciencia total cuando llega a su casa. Los problemas son dos. Uno tiene solución y el otro no tanto: nunca ha escrito un guión y, lo que es peor aún, no tiene historia alguna que contar. Cuando bebe un vaso de agua en la cocina ambas objeciones lo dejan abatido. Los días que siguen se los pasa intentando decidir qué va a hacer. Consigue por ahí unos cuantos libros sobre cómo estructurar un guión y con eso el problema uno está solucionado. El problema dos es más complejo así que recurre a las soluciones clásicas: intenta adaptar su propia biografía, plagia a autores clásicos, se roba argumentos de cuentos de hadas, se entrevista con amigos y amigas que puedan contarle historias. Ninguna le resulta: su propia biografía –si no fuera por un exilio sin estridencia– carece de drama, de los autores clásicos sabe poco y nada, sobre los cuentos de hadas solamente se le ocurren soluciones pornográficas y respecto a sus amigos/as todas las historias que le cuentan parecen gastadas y pierden el gas cuando las intenta colocar en el papel. Se desespera, comienza a odiar las clases de inglés, a sus amigos/arrendatarios, a la geografía multiforme de Valparaíso y la odiosa subida al cerro que realiza cada noche. Deja el proyecto. 

Un mes después, un mes antes de que llegue el cineasta del extranjero, se encuentra con su ex en la Plaza Victoria. No hablan. Solo la ve al pasar, ella se pasea con un hombre. Entre medio de los dos está un niño pequeño. Se saludan en todo caso. El niño no le da bola. Él regresa a casa. Tiene una idea: toma de una estantería el ajado ejemplar de Crypta. Así que lo hace: relee Crypta por enésima vez anotando las imágenes que se le vienen a la cabeza. Al cabo de dos semanas, descifra el libro, tiene una historia que contar. Es la penúltima semana de 1988. Pinochet ha perdido el plebiscito, la realidad luce más alegre, intensa y menos dolorosa, y él ha terminado su guión; lo ha escrito a mano, en hojas blancas. Tras el guión de Crypta hay mapa posible del libro que ha ocultado hasta ahora su secreto: se trata de una novela. El esqueleto de esa novela, el esqueleto de ese guión, es mínimo y en el guión cobra la forma de una película coral protagonizada por seres con cabeza de animal que deambulan por una casa vacía, teniendo relaciones sexuales de corte sadomasoquista. Todos los personajes (que son cerdos, perros y focas) componen una familia de apellido Picabia. Todos abren puertas y cierran puertas, mientras descubren la mecánica de la casa donde están encerrados, la que al final se revela como la cabeza del poeta. En el guión esta anagnórisis los demuele: los Picabia no existen, carecen de sustancia; son, con suerte, sinapsis, flujos de ideas, representaciones simbólicas de lo que sucede realmente en esa cabeza. 

Eso escribe en el guión, que además corrige y pasa a máquina en dos días. Le gusta cómo queda pero siente que falta algo, como si en ese rompecabezas –que es el guión, que es la cabeza donde viven los Picabia, que es Crypta, al fin y al cabo– una pieza brillara en la oscuridad señalando que es falsa. Él no sabe qué pieza es pero la intuye, la siente cerca. En el bar alguien le dice que el cineasta ya ha llegado a Chile y que en Año Nuevo se dejará ver por Valparaíso. Él sonríe: si solo tuviera más tiempo, piensa. Más tarde, en su habitación, mira las páginas mecanografiadas de Crypta, el guión, y el ejemplar de Crypta, el libro. Se le ocurre cuál es la falla: ha escrito en la oscuridad, se ha movido en sombras, lo ha hecho todo por intuición. Se da cuenta de que debe ir a ver al poeta. Dos días después, toma el guión de Crypta, lo fotocopia y parte al pueblo donde vive el poeta. La noche anterior ha llamado a la muchacha a la que le robó el libro para preguntarle dónde vive el poeta. Ella le responde solo después de una hora de recriminaciones, silencios, llantos al otro lado de la línea. Ella le cuenta que ha vuelto a estar sola. Luego, le ha advertido: no sabes a lo que vas, antes de decirle que se ha hecho un aborto. Él ha pensado en el niño con el que la vio; se imagina que pudo haber sido un fantasma. La conversación completa con la muchacha dura dos horas agotadoras, se extiende por la madrugada, en la noche deforme del puerto. Al final, ella le dicta la dirección. No sabes a lo que vas, ha dicho antes de colgarle. Después de eso, insomne, él se ha quedado cavilando. Piensa en la muchacha pero también en lo que conoce del poeta: nunca fue a la universidad, robaba motos cuando era joven y las lanzaba al mar, tuvo una librería que fracasó por falta de público, ya no sale de su casa. Eso es todo, un puñado de cuentos chinos de la literatura local. Nada serio, piensa mientras la micro se adentra en los cerros de provincia. Hace calor. Son las 12 de la mañana. Ya ha pasado Navidad y faltan un par de días para el Año Nuevo. Cuando llega al pueblo, toma un colectivo que lo deja a dos cuadras de la casa del poeta, que está en una población llena de casas iguales, en la loma de una colina amarilla. Camina por la población. Los niños andan en bicicleta, los rayados del NO pierden color en los muros, se escucha música reggae saliendo desde algunas casas.

Encuentra la del poeta, una construcción reciente y mínima, nada la distingue del resto. Toca el timbre, una mujer le abre y le explica a qué viene. Ella lo mira raro. La mujer tiene el maquillaje corrido, parece haber llorado. Menciona el nombre de la muchacha. La mujer lo deja entrar: el poeta está en su estudio. Ella le dice que espere en el living. Mira la decoración: muros casi desnudos, solo fotos familiares del poeta, la mujer y sus hijas. Eso es todo. Nada más. Un olor pesado, a especias, flota en el aire. La mujer le pide que por favor la visita sea breve, que el poeta no se siente muy bien en estos días. Él asiente con la cabeza y esboza una disculpa. Luego la mujer se pierde en la cocina. El poeta aparece en el living. Es idéntico a las fotos: feo, alto, flaco, demacrado y tiene una melena escuálida y sucia peinada hacia atrás que disfraza en una calva incipiente. Su piel es amarilla. Está enfermo. Probablemente está loco: se da cuenta cuando hablan del proyecto de la película. Él miente, el poeta escucha. El poeta le pregunta si va a ser como esa película inglesa donde aparece Borges. Él dice que no la ha visto, pero que en cualquier caso, no va a ser como esa película. El poeta le dice que lo que aparece en verdad en la película inglesa es una imagen de Borges a la que le llega un balazo. La imagen de Borges rompe la pantalla. Hay diferencias entre Borges y su imagen, dice el poeta. Luego le pide la copia del guión. Él se la entrega, el poeta no la hojea. Le cuenta la historia de un poeta surrealista que se comió su propia mano. Lo encontraron así, dice el poeta, devorándose a sí mismo en una habitación, con la mano casi sin piel, con los ojos abiertos y saciado de sí mismo, dice. Luego agrega: ¿Ha leído usted a Lovecraft? Él dice que no. Vale la pena, hágalo. Sus monstruos son asombrosamente parecidos a nosotros, pero viven en el lado delgado del aire. Esos monstruos ahora son la realidad. Si acepto participar en su película, va a ser solo interpretando a uno de eso monstruos, dice el poeta. Crypta ya es letra muerta. Es un texto que funciona solo, más allá de mi nombre, más allá de las colinas de este pueblo de tierra. No me interesa. Ahora puede irse, pero déjeme el guión para verlo. Él se despide y se va. Vuelve al puerto. 

Piensa en la conversación, imagina los monstruos. Se dedica a lo suyo. Vagabundea por bares. Se siente vacío. Se emborracha. Una noche se para en la puerta de la casa de la muchacha y se pone a gritar. Ella sale a verlo. Lloran juntos. Terminan en la cama. Luego se separan, el vacío vuelve. En Año Nuevo mira los fuegos artificiales en una plaza: las luces que explotan en el cielo y ciegan la vista, bombardeando una ciudad donde, milagrosamente, nadie muere. Abraza a sus conocidos y luego ubica al cineasta en una fiesta. Son las cuatro de la mañana. Le dice que tiene el guión. El cineasta está drogado, él está ligeramente ebrio. ¿Qué guión?, le pregunta. ¿Quién chucha eres tú?, agrega. Él dice: me encargaste escribir el guión de tu próxima película, adapté un libro, estoy a punto de conseguir la aprobación del autor, dice mencionando el nombre del poeta. Pero quién es ese huevón, dice el cineasta y quién eres tú, huevón, no te conozco; además, yo hago documentales. ¿Por qué estás en esta fiesta?, grita el cineasta y luego se da la vuelta y se va. Él se queda en medio de la pista de baile. La gente baila cumbia alrededor suyo. Se va. Escapa del único modo posible en el puerto: sube el cerro. La calle huele a pólvora y carne asada. Los ecos de la celebración llegan traídos por el viento. No mira las luces de la bahía. Se sienta en la calle. Pasa ahí como una hora. Fuma. Respira hondo. Las volutas del humo toman la forma de los monstruos y luego desaparecen. Eso es todo. Decide entrar. No hay nadie en la casa. Llama a la muchacha por teléfono. Hablan hasta el amanecer. Cuando ella cuelga, él se va a acostar. Sobre el escritorio, mira el ejemplar de Crypta. La luz del sol naciente ilumina la mitad de la portada. El resto permanece en penumbras: un par de casas derrumbadas fotografiadas en blanco y negro donde un par de niños juegan alrededor del frontis. Los niños están suspendidos en el aire, detenidos. La oscuridad tapa a uno, que aparece deforme, plácido y sombrío, ante sus ojos. Es imposible saber lo que está haciendo.

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Sakura-gari – Alejandra Kamiya

Alejandra Kamiya nació en Buenos Aires en 1966. Se formó en el taller Abelardo Castillo entre 2009 y 2014. Según sus palabras: “creció en una casa multicultural”. Hija de padre japonés y madre argentina.


Cuenta que llegó a la escritura a partir de un sorteo que vió en un anuncio en el supermercado. La consigna era armar un texto en base a un párrafo previo y el primer premio se ganaba una estadía en un spa. Alejandra gana el primer premio y durante la ceremonía de premiación todos los demás ganadores le preguntaban hacía cuanto que escribía y ella ahí pudo vislumbrar la posibilidad de dedicarse a la escritura. Comenzó con los talleres de Inés Fernández Moreno y continuó con los talleres de Abelardo Castillo. 

Hay algo de la esencia del Haiku en la escritura de Alejandra, la presencia de la naturaleza, el instante, la descripción breve que culmina con un elemento disruptivo que sorprende y emociona. Hay algo de la esencia del Zen también, en la austeridad, la búsqueda de la simpleza que hay en lo cotidiano, en una conversación con un padre, en la preparación de un desayuno. Su escritura nos enseña que en lo simple se encuentran las cosas más significativas. 

Les compartimos el cuento “SAKURA-GARI”, parte de su último libro La paciencia del agua sobre cada piedra, editado por Eterna Cadencia. 
El título del cuento, se podría traducir como “cazador/a de flores de cerezo”. Kari, en japonés, significa caza, pero hay ciertas palabras que cuando se las une a otro término, cambian de sonido, en este caso gari.

SAKURA-GARI

Si la muerte fuera mala estaríamos
rodeados de animales enloquecidos. 
Rainer Maria Rilke

Las dos amamos el silencio, y soy siempre yo, la torpe, la que no puede andar por él sin romperlo, como si fuera una capa de hielo que se resquebraja y se hace ruidos en lugar de trizas. Sakura en cambio no lo rompe, sus pasos y sus saltos caen como los copos de nieve y las superficies los reciben sin oponerse. 
Así vino a mí esta mañana, sin romper el silencio. Yo no tardé en hacerlo: calenté agua y puse yerba en el mate, corté fruta y cada movimiento mío se tradujo en una grieta de sonido. 
Ella hizo ochos rozándome las piernas. Maulló un saludo o tal vez el pedido de la primera ración de comida. 
Después de comer un poco volvió a mirarme y me preguntó si yo estaba bien. Hacía mucho tiempo que no me hablaba. 
Me sugirió algo acerca del pasto e insistió en que debía probarlo, a lo que finalmente respondí que yo era así, que mi gesto no tenía que ver con ningún malestar físico sino con mi espíritu nostálgico, tal vez melancólico.
Ella preguntó qué era “nostálgico” y me quedé pensando. Finalmente le dije que se trataba de extrañar el pasado. 
Pegó un salto silencioso del piso a la mesa y dijo, mientras se acercaba, sinuosa como es ella, “¿Qué es pasado?”.
“Cuando salís de la casa y te vas al fondo, a trepar el liquidámbar y aquella pared, la casa es el pasado, cuando saltás a la pared, el jardín es el pasado”.
Hizo un sonido suave, una eme larga, pasando el costado de su cuerpo contra el frasco de vidrio azul en el que guardo el té. Seguramente pensó que si era así, yo debía, simplemente, volver al pasado, como ella volvería del jardín a la casa si quisiera.
Se acercó y se sentó en el triángulo dorado de sol sobre la mesa, junto a la pava. Yo seguí pensando cómo explicar mi espíritu, su melancolía. 
Pensé y no dije que el espacio se parece a la tierra y el tiempo al aire y que no puedo volver al aire que acaba de entrar cuando abrí la ventana. 
“Es como si al salir al jardín dejaras las patas dentro de la casa”, dijo.
Sonreí.
Según esa imagen, yo tenía las patas en el pasado y las manos en el mañana. Solo el torso con sus vísceras y sus miserias, en el presente, incómodo.
“Sí”, dije, “las manos en el miedo a perder”.
“¿Qué es perder?”, dijo ella estirándose. 
“Es no tener”.
“¿Qué es tener?”, dijo, estirada al sol. 
“Es una forma de poder sobre las cosas”.
“Tomarlas”, dijo y se volvió sobre su lomo. 
“Tomarlas… o más bien disfrutarlas”, dije.
Desde ese punto de vista, pensé, ella tenía todo, disfrutaba cada cosa.
“El tema no es lo que tenemos sino lo que no tenemos”, agregué. 
Vi cómo se le erizaba el pelo, ahí en la línea negra del lomo que luego se derrama en líneas verticales que caen por sus costados simétricos. 
El tema, me repetí, es lo que no tenemos. 
También era todo lo que ella no tenía. 
Como siempre: ella no iba a ver cuál era el problema. 
“El problema, dicen, es lo que queremos”, agregué y eché un hilo de agua sobre la yerba, en el mate.
Ella me miró y me dijo “Querer es el hambre, lo recuerdo”, y se puso en posición de ataque, haciendo pequeñísimos movimientos con sus patas traseras. 
“Sí, y hay quienes creen que lo ideal es no tener hambre nunca”. 
Ella miró la heladera y sentí que me acusaba. 
“Satisfacer un hambre genera otro, Saku”, dije en mi defensa. 
Ella entrecerró los ojos un poco y miró hacia el otro lado. 
El riesgo de nuestras conversaciones era que ella perdiera el interés. Cuando esto ocurría, simplemente se lamía una pata o maullaba: dejaba de hablar. 
Era claro que la idea de no satisfacer el hambre no le resultaba interesante. Intenté continuar. “¿Es mejor el hambre o la comida?”, improvisé.
Ella entreabrió un poco los ojos que ya había cerrado. Parpadeó. “Lo mejor ocurre entre las dos”, dijo lamiéndose una pata. 
Si no tuviera más hambre, pensé, se quedaría en ese lugar. La imaginé echada, como ahora, en ese lugar perfecto que no deseo, tan de Dios. 
Pensé en mí, mi vida, corriendo detrás de las cosas que no quiero. Pero era demasiado obvio para decírselo a ella. Ya habíamos hablado una vez acerca del dinero. La pena que sintió por mí aquella vez que me hizo jurar que no iba a volver a ponerme tan en evidencia en frente suyo. 
“Lo que ocurre cuando comiste”, dije, “se parece a la muerte”. 
“Entonces”, dijo, “la muerte es buena”. 
No tenía forma de desmentir aquello y dejé en el aire un inaudible “No creo” y le acaricié la cabeza. Ella se arqueó para prolongar la caricia por su cuello. 
“Lo que ocurre entre las dos”, había dicho ella. Lo que le gustaba era esa especie de jardín entre el deseo y la satisfacción.
Sin darme cuenta, estaba acariciándole el lomo y ella ronroneaba estirada sobre la mesa. 
Recordé el cuento en el que un hombre que sufre un accidente doméstico va al campo y acepta batirse a duelo con unos gauchos. Ese hombre, que nunca ha usado un cuchillo para pelear, camino al campo, acaricia un gato que vive en la eternidad del instante. 
Con la mano izquierda eché agua al mate, y di dos sorbos en silencio. 
El motor del ronroneo temblaba en mis dedos y en mis dedos hubo algo de esa eternidad.
El sol se había ido moviendo de la mesa y ya no entraba en la cocina. Pensé que los sábados de mi vida se parecía a la de ella: tengo mínimos rituales de acicalamiento como darme un baño largo, honrar la higiene o intentar alguna forma de cuidado personal. A veces simplemente me miro al espejo.  Es una ceremonia que suele tener dos partes: una primera en la que veo mi imagen y otra en la que veo mi mirada y el extraño juego de compensaciones que se ha dado entre las dos. Cuanto más se hace necesaria, más compasión hay en mi mirada. O no: la medida no es la necesaria, es mayor. La compasión supera aquello que viene a perdonar, a esa especie de cansancio entre mis mejillas, en el entrecejo, alrededor de mis ojos. Lo que llamo compasión en mi mirada es lo que antes habría llamado conformismo o hasta abandono. ¿Quién de las dos tiene razón, la que fui o la que soy?
Intenté mirarme a través de los ojos de Saku: me veía igual, un poco más lenta tal vez, más gruesa, más calma. Debía verme como el árbol del fondo cuando cambia el color de sus hojas o las pierde. 
Además de rituales, los sábados a veces hay celebraciones. Momentos de brillo que veo ascender, expandirse en el cielo, hacerme feliz, apagarse. Mi hijo, un par de amigos, mi vecina de al lado. 
Saku tiene un amigo, o tal vez varios. Tuvo o tiene padres y cachorros. Ha recibido de unos  y les ha dado a los otros lo que debía, y luego, con elegancia y sin pena, los ha dejado atrás, como hace el otoño con el verano.
Los cachorros nacieron en el baldío de al lado. Nunca los vi. Ella subía y bajaba por el liquidámbar. La vi preñada, luego dejó de venir, y al tiempo regresó, muy delgada. No sé cuándo empezó a pasar más tiempo aquí que al lado. Tampoco sé qué pasó con sus pequeños. Sé tanto de ella como ella de mí. 
O tal vez sé tanto de ella como de mí. Mis pequeños, qué pasó con ellos podría preguntarme ella y yo podría darle una respuesta pobre, quiero decir, parecida a la que ella podría darme acerca de sus cachorros en el baldío.  “Hicieron su vida”, tal vez diría ella o yo.
¿Habrá tenido amores? Seguramente. Han pasado, como los míos. Tal vez no tenemos más que el presente, pero esa es una idea más de ella que mía. 
Se estiró y abrió apenas los ojos, con destellos dorados. Volvió a cerrarlos, siguió durmiendo.
Después de un rato se estiró y me preguntó por qué quería hablar de la muerte. 
Le respondí que cuando se habla de eso no hay mentiras. 
“¿Qué es una mentira?”, dijo. 
“Es como cuando vas a atrapar un pájaro y te escondés entre el pasto. Mentir es como esconderse”. Dije. 
“Mentir es divertido entonces”, dijo y se dió vuelta sobre el lomo. 
De nuevo yo me veía en una esquina del laberinto de nuestras conversaciones: si mentir era divertido, hablar de la muerte no lo era. 
“Hablar de la muerte también es divertido”, dije, “hay más riesgo”.
Hizo un sonido largo, maullido a medias. 
“Y esto que hablamos”, dijo, “¿vas a escribirlo?”.
“No creo”, dije, “no tiene tensión”. Y antes de que ella preguntara, agregué, “la tensión es como cuando intentás atrapar un pájaro: no sé si vas a lograrlo o no, entonces me quedo mirándote”.
“Entiendo”, dijo, “no hay tensión porque sabemos: nosotras no vamos a morirnos”.
Sonreí. No quería decirle que un día iba a ser un pequeño tigre frío y yo la iba a enterrar en ese mismo jardín, en una caja de zapatos, que no iba a cazar más, ni a trepar el liquidámbar de fondo ni los álamos por los que sube al balcón. Tampoco quise decirle que tal vez antes yo no iba a abrirle las puertas ni las ventanas ni iba a servirle el alimento ni el agua en sus platitos morados, que no iba a escuchar más mi voz diciendo su nombre. 
Y tal vez porque yo me quedé muy callada o porque un viento suave agitó los álamos como si preguntara, ella siguió hablando.
Explicó, con esa voz tan suave y tan llena de matices que ningún humano podría imitar, que ella no iba a morir. 
Al principio continué sonriendo: creía saber algo que ella ignoraba, como si yo hubiera estado en un lugar más alto y hubiera podido ver más lejos.
Pero ella siguió hablando y me di cuenta de que se sentía o creía ser, o debería decir que ella era, parte del jardín, parte del liquidámbar y de los álamos, parte de las hormigas y los cascarudos, las babosas y los caracoles y grillos y cigarras, de la noche y del día como eso que giraba envolviéndonos. Las estrellas eran parte de ella como lo eran las líneas negras que salen egipcias del rabillo de sus ojos verdes, dorados. La brisa, la luna, el barro. Ella es una parte y eso la hace ser el jardín entero y el baldío de  al lado y el barrio y el mundo alrededor y todos los otros gatos que son y que fueron. 
Cuando entendí, dejé de sonreír. 
Apoyé mi cabeza junto a ella, sentí el sol, y dije, más clara y más tranquila, más parecida a ella:
“Yo tampoco voy a morir, Saku. Claro que no”. 

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Cuentos Narrativa argentina

La escultura – Sergio Bizzio

Esther, una señora mayor, se convence de que, pegado a su departamento, se mudó un escultor. A partir de los ruidos incesantes que escucha, comienza a imaginar la forma y el tamaño de la obra que se está gestando al lado, y hace oídos sordos a los comentarios irónicos de sus otros vecinos. Sólo al final de la historia, sabremos si Esther estaba o no en lo cierto.

Lo que me acongojaba era imaginarlo en un espacio tan reducido como el departamento (esto ya lo dije, también), idéntico al mío, de dos ambientes, con un living de cuatro metros de largo por tres de ancho.
¿Qué perspectiva visual podría tener el pobre hombre, que ilusión de profundidad podía darle a su obra si le bastaban unos pocos pasos marcha atrás para chocar con la pared?
La falta de espacio podía afectar a la totalidad de la composición, a menos que estuviera trabajando en una obra pequeña, lo que me parecía imposible teniendo en cuenta el vigor de los golpes del comienzo. Se trataba de una escultura grande, quizá enorme.

Sergio Bizzio (Villa Ramallo, 1956) publicó novelas como “Rabia” (2004), «Realidad» (2009), “Diez días en Re” (2017); libros de cuentos como “Chicos” (2006) que tiene el emotivo “Un amor para toda la vida”, obras de teatro y poemarios. Además es guionista de cine.

Publicado por: Editorial Ivan Rosado 

Otros libros del autor en Pispear:
– Te Desafío A Correr Como Un Idiota Por El Jardín – Sergio Bizzio

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Cuentos

El libro de los seres imaginarios, de Borges y Guerrero

El libro de los seres imaginarios es uno de los tantos libros en colaboración que escribió Borges. En este caso, con Margarita Guerrero, a quien también le dedicó Otras inquisiciones. En Argentina se publicó en 1967 con este título, pero diez años antes había salido en México con el nombre de “Manual de Zoología Fantástica”. Aquí compartimos cuatro cuentos del libro, que abre con el que sigue:

A Bao A Qu

Para contemplar el paisaje más maravilloso del mundo, hay que llegar al último piso de la Torre de la Victoria, en Chitor. Hay ahí una terraza circular que permite dominar todo el horizonte. Una escalera de caracol lleva a la terraza, pero sólo se atreven a subir los no creyentes de la fábula, que dice así:

En la escalera de la Torre de la Victoria, habita desde el principio del tiempo el A Bao A Qu, sensible a los valores de las almas humanas. Vive en estado letárgico, en el primer escalón, y sólo goza de vida consciente cuando alguien sube la escalera. La vibración de la persona que se acerca le infunde vida, y una luz interior se insinúa en él. Al mismo tiempo, su cuerpo y su piel casi traslúcida empiezan a moverse. Cuando alguien asciende la escalera, el A Bao A Qu se coloca casi en los talones del visitante y sube prendiéndose del borde de los escalones curvos y gastados por los pies de generaciones de peregrinos. En cada escalón se intensifica su color, su forma se perfecciona y la luz que irradia es cada vez más brillante. Testimonio de su sensibilidad es el hecho de que sólo logra su forma perfecta en el último escalón, cuando el que sube es un ser evolucionado espiritualmente. De no ser así el A Bao A Qu queda como paralizado antes de llegar, su cuerpo incompleto, su color indefinido y la luz vacilante. El A Bao A Qu sufre cuando no puede formarse totalmente y su queja es un rumor apenas perceptible, semejante al roce de la seda. Pero cuando el hombre o la mujer que lo reviven están llenos de pureza, el A Bao A Qu puede llegar al último escalón, ya completamente formado e irradiando una viva luz azul. Su vuelta a la vida es muy breve, pues al bajar el peregrino, el A Bao A Qu rueda y cae hasta el escalón inicial, donde ya apagado y semejante a una lámina de contornos vagos espera al próximo visitante. Sólo es posible verlo bien cuando llega a la mitad de la escalera, donde la prolongaciones de su cuerpo, que a manera de bracitos lo ayudan a subir, se definen con claridad. Hay quien dice que mira con todo el cuerpo y que el tacto recuerda a la piel del durazno. En el curso de los siglos el A Bao A Qu ha llegado una sola vez a la perfección.

El capitán Burton registra la leyenda del A Bao A Qu en una de las notas de su versión de Las Mil y Una Noches.»

Tres cuentos más

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Cuentos Narrativa

Tostadas de jabón y otros cuentos – Julian Maclaren Ross

Tostadas de Jabón, es el primero de los 11 cuentos que reúne esta antología (publicada en 2012) de Julian Maclaren – Ross (1912-1964), escritor y guionista inglés. Con tintes autobiográficos, estos relatos te empapan de vivencias del autor. Desde una novia fugitiva en Londres («Tostadas de jabón»), a sufrir una noche en que un grupo de amigos casi es asesinado en una rebelión popular en Madras, India («Una noche tremenda») y veranear con un grupo de amigos en el sur de Francia que juegan y se pelean al alabar a Buda y Brahma en el sur de francia («El sumo sacerdote de Buda»), estos relatos resultan una linda invitación a conocer al autor de «Amor y hambre» y quien fuera considerado «el héroe más oculto de la lieratura inglesa».

Publicado por: La Bestia Equilátera

Otros libros del autor en Pispear:
– Veneno De Tarántula – Julian Maclaren Ross
– De Amor Y De Hambre – Julian Maclaren Ross

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Cuentos Literatura japonesa

La primavera llegó en un carro tirado por caballos – Riichi Yokomitsu

Riichi Yokomitsu nació en Tokio en el año 1898, solo algunas décadas después del impacto de la Restauración Meiji y el implacable avance de la modernidad en la sociedad japonesa (1868-1912).

Perteneció, junto con Kawabata, a un grupo literario llamado Shinkankakuha (新感覚派) o «escuela de las nuevas sensaciones» donde se propusieron explorar nuevas percepciones en la escritura de la literatura japonesa.

Lamentablemente, en occidente su obra no fue apreciada de la misma forma que en Japón… Hasta ahora, que llegó la hermosa edición de También el caracol : “La primavera llegó en un carro tirado por caballos” (Haru wa basha ni notte). Traducido directamente del japonés por Mariana Alonso, Masako Kano y Gabriela Occhionero, el libro está compuesto por cinco cuentos.

Tiempo – 時間 (1931)

“¿Qué es eso, entre la vida y la muerte, que se eleva en olas de colores cambiantes, en vapores tan alegres como el cielo? Me pregunto si no será la cara de ese temible monstruo que nadie pudo ver todavía: el tiempo.”

La primavera llegó en un carro tirado por caballos –
春は馬車に乗って (1926)

“Nunca había pensado en evadir las tantas olas de sufrimiento que se le venían encima, una tras otra. El origen de estas olas, cada una distinta, existía en su propia carne, y había estado ahí desde el principio. Había decidido probar esos sufrimientos como la lengua prueba el azúcar, para mirarlos con la luz total de todos sus sentidos. Se preguntaba cuál de ellos tendría mejor sabor al final.
Mi cuerpo es un frasco de laboratorio, pensó. Lo más importante es que sea transparente.”

Máquina – 機械 (1930)

“Pero por más claro que me resultara a mí, ¿había una forma de calcular cuán claro era en la realidad? En cualquier caso, hay una máquina invisible para la que todo resulta claro, que nos mide a todos sin descanso, y nos impulsa a actuar de acuerdo con sus mediciones.”

Publicado por: También el caracol
Traducción directa del japonés: Mariana Alonso, Masako Kano y Gabriela Occhionero

Otros libros de literatura japonesa de También el caracol:

– El Signo De Los Tiempos – Sakunosuke Oda
Bajo Un Cielo Oscuro Cargado De Nieve – Antología
– La Ópera Japonesa De Los Tres Centavos – Rintaro Takeda

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Cuentos Narrativa argentina

El mar de los lobos – César Sodero

«El mar de los lobos» es el segundo libro de César Sodero , quien estrenó en 2020 su primera película, «Emilia», en el doble rol de director y guionista. El pulso de la escritura cinematográfica se ve en los 9 cuentos de este libro intenso y descolocante. Los diálogos entre personajes siempre hacen avanzar la historia (y entran sin rayas ni comillas como frente a la cámara), el desarrollo de la acción (que nunca para) está ligado a la transformación simbólica y emocional de los protagonistas. Cuentos que son películas.

«La pira», «Santa Ana», «Trampas» y otros del libro parecen descansar sobre esta premisa: hay una expectativa de divertirse y pasarla bien, pero los hechos se ocupan de hacer que no se cumpla. La lucha entre el control racional y lo inmanejable de las emociones se da en mundos imaginarios muy disímiles: un naufragio, una riña de gallos, pueblos perdidos. Como un hilo invisible que hilvana las historias, en todos los cuentos hay animales con un rol clave: desde una especie de humano chancho, hasta perros, lobos, zorros y un toro mecánico que cobra vida.

«El mar de los lobos» es también un libro de aventuras, donde la violencia de las acciones precipita pequeñas epifanías: somos animales, somos algo, en contraposición al clásico «no somos nada».

Publicado por Alto Pogo
Diseño de tapa: Mariana Uccelllo

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Cuentos Narrativa Norteamericana

Once tipos de soledad – Richard Yates

Como una caja de sorpresas, la literatura norteamericana se abre, de vez en vez, y ofrece un escritor olvidado, mezcla de figurita difícil y secreto a voces de los expertos, que conlleva un rediseño en el mapa de los nombres. Richard Yates representa uno de esos casos, y los cuentos de «Once tipos de soledad» lo sitúan en esa línea de realismo penetrante que tiene en Cheever, Carver y Salinger a tres de sus exponentes más representativos.

Escritos durante los 50 y publicado en 1962, estos cuentos de Yates tienen como marco el clima acuciante de la segunda posguerra. Las instituciones sociales convertidas en ruinas son las bases sobre las que se asienta esa soledad a la que refiere el título, instalada en la piel y las emociones de los personajes. Seres enfrentados a sus propios límites, que descubren lo irrealizable de sus metas y la incapacidad de rebelarse contra esa forma dolorosa de conocimiento.

Muchas de las historias de este libro resultan conmovedoras: la del hombre que pierde su empleo y decide no contárselo a su esposa («Un perdedor nato»); la del escritor que hace cuentos por encargo para un taxista («Constructores»); y también aquellas, cuyo tema es la infancia («El doctor Jack-o’-lantern») o el patetismo de figuras autoritarias («Divertirse con desconocidos»).

Más allá de cualquier apunte, lo que cautiva de la lectura de Yates es que sus cuentos no hacen una apología del fracaso, sino de la aceptación de la adversidad como parte de la vida. Saber, en definitiva, que estamos solos.

Publicado por : Fiordo Editorial
Traducido por: Esther Cross
Diseño de tapa: Pablo Font

Otros libros del autor en Pispear:
Sin paz – Richard Yates
Mentirosos Enamorados – Richard Yates

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Cuentos

Dos cuentos de Étienne Verhasselt

Los pasos perdidos es el primer libro de relatos del escritor belga Étienne Verhasselt (Bruselas, 1966) y lo primero que se publica de su obra en Argentina, a través de añosluz editora y con traducción de Ariel Dilon. «Relatos breves, muy breves y un poco más largos», según advierte el subtítulo, pero el punto no está en la extensión sino en la búsqueda de subvertir lo real a partir de una distorsión ínfima o la repetición de un mismo hecho que tienden a lo absurdo y/o lo extraño. Como muestra de la imaginería del libro, van aquí dos relatos: «El cebo» y «Disidencia».

El cebo

Ya se alzaba el alba sobre aquel retirado confín del Iowa profundo. Un Ford Mustang Shelby GT 500 rojo furioso, rutilante, se detuvo en la banquina de la carretera, en medio del bramido ensordecedor de sus 650 caballos. Un tipo de ciudad, bronceado y con el cuerpo trabajado en el gimnasio, empilchado con el último grito en ropa deportiva, salió del bólido, alerta, para ir a extraer del baúl un flamante equipo de buceo. Se desvistió prestamente, se enfundó en su equipo y se zambulló en el campo de trigo, donde desapareció.

No lejos de allí, disimulado entre el follaje de un roble, alguien no se había perdido detalle de aquella escena. Era el viejo Al, el dueño del campo: bolsita de tabaco mascado y remascado, overol de jean raído, botas de goma cubiertas de barro, un cuello de toro, puños como dos mazos, a pesar de su edad aquel campesino seguía siendo una verdadera fuerza de la naturaleza. Era, además, el perfecto sosía de su ídolo, otro nativo de Iowa, ilustre: John Wayne. El viejo Al había llegado un poco más temprano, sabía que uno de esos tarados de la ciudad vendría, como de costumbre, en el correr del fin de semana. En cuanto este se hubo zambullido desde la carretera, el campesino dejó discretamente el observatorio improvisado en el árbol y subió a la piragua, donde ya estaban acomodados su arpón y su morral. Un puñado de golpes de remo y el pequeño esquife se deslizó sin ruido por el inmenso campo. Las espigas, en las que el sol de la madrugada revelaba poco a poco el oro reciente, desfilaban bajo el casco, danzando lentamente, empujadas por la brisa ligera que acababa de alzarse con pereza.

Esta escenografía idílica iba a ser nuevamente el teatro de un crimen atroz. La cara surcada de arrugas del viejo Al irradiaba una felicidad asesina: cazar citadinos, esos cretinos arrogantes y forrados de dinero que venían a divertirse en sus tierras, era su pasatiempo favorito. La piragua proseguía su carrera silenciosa sobre los sembrados de trigo y muy pronto, a pocos metros, el viejo avistó a su víctima que nadaba allá abajo sin sospechar nada. La dejó atrás y detuvo la embarcación algo más lejos, para preparar la trampa. Este era el momento que apreciaba por encima de cualquier otro. Sin prisa, con una meticulosidad casi religiosa, sacó de su morral la vieja caja metálica toda abollada, de la altura de una petaca, y la abrió lentamente. Saboreaba el instante, que anunciaba siempre un trofeo suplementario. En el fondo de la caja, arrugado, descolorido, desgarrado en parte y sin una de sus esquinas, irreconocible, un dólar muy antiguo. Debía de haber sido impreso a comienzos del siglo pasado y seguramente lo habían manoseado los peores facinerosos de los Estados Unidos. Estaba mugriento y apestaba, pero era el mejor cebo que conocía el campesino para esta caza tan particular. Con precaución, posó el dólar sobre la superficie del campo y lo hizo ondular con los trigos. Solo le restaba esperar.

El truco del dólar era de su invención, una idea genial, técnica imbatible que siempre cobraba su presa. “¡Cien contra uno que este caerá en la canasta, como los otros!”, se ahogó de risa el viejo Al. En efecto, el buceador no tardó en modificar su trayectoria, guiado por la codicia. Muy pronto estuvo a no más de unos pocos metros del cebo. El anciano recogió el arpón y se mantuvo en posición, preparado. El buceador ya iniciaba su ascenso y, al emerger del trigal, se encontró nariz con nariz frente al cautivante billete. Al instante, el arpón le atravesó el cráneo de parte a parte, y entregó el alma. Siempre el mismo juego de niños con estos buceadores, ¡pero arponear al piloto de una moto de agua o a un surfista era algo bien diferente! El campesino recuperó el precioso cebo, que retornó a la caja abollada, y con un solo movimiento, sin esfuerzo, izó el cadáver dentro de la piragua, como si se tratara de una brizna de paja. Erguido en toda su estatura imponente, con las manos sobre las caderas, escupió su jugo de tabaco y contempló el paisaje que se extendía a su alrededor, hasta donde llegaba la vista. Era uno de los últimos días de la primavera y el sol, suave todavía en esta estación, subía tranquilamente en un cielo inmaculado, de un azul espléndido. En los árboles y en los matorrales, un poco aquí y allá, los pájaros habían comenzado a cantar alegremente. Iba a ser un magnífico día.

Al pensó en su granja, en sus animales, en sus tierras, lo emocionaba la idea de ese patrimonio de belleza que protegía y que se transmitía fielmente, en la familia, de generación en generación. Se quedó pensativo un momento más, antes de recordar que lo estaban esperando en la granja, donde nunca faltaba un trabajo duro por hacer. Ya era hora de que regresara. Lleno de ímpetu, se puso de inmediato en camino.

Unos minutos más tarde, la voz potente del viejo Al resonaba a través de los campos: «¡Mi Dios bendito, qué bien se está en el país!»

Disidencia

En los colosales archivos de la KGB, los servicios secretos soviéticos, bajo la referencia SQR.254.KL.333, se hallaba una colección de expedientes relativos a casos curiosos. He aquí uno de ellos. Piotr Z., oscuro empleado del ministerio de Asuntos exteriores, de cuarenta y dos años de edad, soltero y que vivía solo, adoptó, de la noche a la mañana, un comportamiento de lo más insólito. La noche del 3 de septiembre de 1956, mientras dormía, se levantó sin hacer ruido, para no despertarse, y salió de la habitación en puntas de pie. Dio la vuelta a su minúsculo tres ambientes, examinó suspirando su magro contenido, y volvió a acostarse. Al día siguiente, se reprodujo la misma escena, pero esta vez Piotr Z. sustrajo su despertador. Privado de este tan útil objeto, llegó tarde al trabajo y fue severamente amonestado por su jefe. Compró otro despertador, regresó a su casa, cenó, leyó el diario, se duchó y se fue a la cama. Tan pronto como se durmió, abrió prudentemente un ojo, luego el otro, se deslizó fuera de la cama en silencio y fue a robar su único par de zapatos. Sonó su nuevo despertador, pero tuvo que dirigirse a su trabajo en calcetines. Fue severamente amonestado por su jefe y se compró otro par de zapatos. A la noche siguiente, simuló dormir y, para no despertar sus propias sospechas, abandonó la habitación con los ojos cerrados. Esta vez quemó un expediente urgente que había traído del trabajo y volvió a acostarse lo más discretamente posible. El nuevo despertador sonó, se puso su nuevo par de zapatos, pero fue severamente amonestado por su jefe: ¿¡dónde estaba el expediente!? El nuevo despertador sonó una vez más, se puso su nuevo par de zapatos, pero se sorprendió de encontrar en la cocina su viejo despertador. Llegó al trabajo puntual, le ofreció a su jefe el nuevo despertador a manera de excusa por el expediente desaparecido, pero fue severamente amonestado: ¡llegaba tarde y regalaba despertadores! A la noche siguiente, se levantó para satisfacer una necesidad apremiante y se sorprendió saqueando sus propios bolsillos. Hubo una violenta trifulca entre sí, y cayeron los dos knock out. A la madrugada, el nuevo despertador hizo su trabajo y Piotr Z. salió de la inconsciencia. Con sus nuevos zapatos, y sin llevar el nuevo despertador, llegó a tiempo al trabajo, pero se presentó con un ojo negro y un labio hinchado. Fue severamente amonestado por su jefe: ¡dónde se ha visto ir a trabajar con semejante cara! Esa noche, se acostó temprano y se durmió enseguida. Esta vez, después de haber reflexionado largamente, se levantó sin precaución e hizo un alboroto de todos los diablos en el departamento: la radio sonó a todo volumen, el despertador sonó sin interrupción, las puertas se cerraron de golpe, cantó a voz en cuello, los vecinos gritaron exasperados, todo ello sin resultado, ya que él continuaba durmiendo, como si nada. Entonces, Piotr Z. puso fin a todo ese alboroto y se sentó en el borde de su cama. Impotente, se contempló dormido. Lo había intentado todo, pero en vano. Resignado, reemplazó el nuevo despertador por el viejo, los nuevos zapatos por los viejos y pensó que en pocos días las huellas de la lucha habrían desaparecido completamente de su rostro. Estaba triste, profundamente triste, pues no podía sino constatar que llevaría su vida indefinidamente de la misma manera: sin opciones, sin combates, sin deseos, sin él. Iba a volver a acostarse, cuando tuvo una última idea: hizo una llamada, pidió con el oficial de guardia y le dijo todo lo que había estado guardando en su corazón. Algunas horas más tarde sonó el viejo despertador, pero Piotr Z. ya no estaba ahí. Se lo había llevado la policía secreta, sin que él entendiera por qué.

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Cuentos

La teoría de la luz y la materia – Andrew Porter

“Teoría de la luz y la materia”, el cuento que le da nombre al libro de Andrew Porter, es una de esas historias de amor correspondido entre un profesor y una alumna que nunca se terminan de concretar en el plano carnal y, pese a ello (o por eso mismo), la complicidad entre los dos crece y tensa el deseo hasta el límite.

Los diez cuentos del libro tienen esa propiedad indescriptible que te hace querer seguir leyendo y saber más sobre los personajes. En cada historia hay un peligro latente, un dato clave que se omite. “Coyotes”, “Azul” y “Partida” dan muestra de la capacidad imaginativa de Porter para crear mundos, conflictos y, sobre todo, puntos de vista muy diferentes.

Un lindo truco narrativo que está en varios relatos: se cuenta algo hasta llegar a un clímax, después la historia continúa, pero sobre el final se retoma una escena ya contada y se la amplía.

Publicado por China Editora