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Autores Literatura japonesa

Al borde del abismo – Kobe Abe

Este cuento del escritor japonés Kobe Abe (1924-1993) pertenece al libro Los cuentos siniestros, que reúne una selección de relatos suyos publicados entre 1950 y 1960. Aquí va «Al borde del abismo», un cuento que se mete en la conciencia de un boxeador que está en la etapa final de su carrera, mientras se prepara para una nueva pelea. Metáfora de la vida, curiosamente recuerda al «Negro Ortega» de Abelardo Castillo y a la atmósfera de ciertos relatos de Hemingway y Ring Lardner.

…No me dejaré vencer… es una pelea… yo no voy a luchar para perder…
¡Carajo, esta leche es de ayer, ya no sirve! Aun cuando la guardes en la nevera, da lo mismo. La leche está viva, ¿me entiendes?, está viva, es un ser viviente, de verdad. Al estar viva, se digiere a sí misma y se queda sin valor nutritivo. Qué problema, oye… ¿por qué no te fijas en la fecha impresa en el envase ? No gastan el dinero de la impresión solo para ponerle un adorno, ¿sabes? El producto de hoy se debe consumir hoy mismo…
¿Qué hora es?
Pero las nuevas peras locas que acaban de llegar… esas bolas rojas… me sentaron de maravilla… uno dos, uno dos, uno dos… ¿sabes que tengo oídos muy sensibles? Reacciono de inmediato ante cualquier sonido trivial. En el ring las suelas de las botas untadas con resina suenan de una manera muy especial, ¿me entiendes?, y ahí sé en qué estado físico me encuentro. En una ocasión, tuve que volver apurado a la esquina, a mitad de la pelea, para untar las botas con más resina. Y la risa que eso produjo….
Buenas noches… le fue muy bien ayer, señor Kimura… fue magnífico de verdad. Al lado del ring, ¿se fijó?, había una mujer espléndida que le vitoreaba, así…
Qué frase: «¡Me encantas, me encantas!»…
Qué fastidio… Tengo que ganar la pelea…
Últimamente me cuesta tanto la dieta que de noche me despierto soñando con la vianda de arroz. Para colmo, he tenido demasiadas peleas; ya no soporto ese ritmo tan acelerado. ¿Acaso me toman por pan comido?
Claro, sin peleas me aflojaría en el entrenamiento, pero el exceso también me acabará con celeridad. Ya me siento agotado, ¿sabes? Es mejor calidad que cantidad… Cómo me gustaría escoger solo presas fáciles… pero jamás gozaría de semejante lujo…
Carajo, el otro día hasta llegué a la pesada… ya había terminado el chequeo médico… y nunca apareció el contrincante… Cómo lloré, te lo juro… Después de haber sufrido tanto la dieta, ¿ves lo que pasó? Desde luego, el dinero sí lo cobré, pues ya me habían pesado y no podía regresar con las manos vacías. Pero qué decepción, para uno que atraviesa la edad de andar hambriento todo el tiempo; si no fuera por el boxeo, ¿te imaginas?, me hartaría de comida. Al pesar 51 kilos, uno más no me importaría a mí, ni menos a los demás. Al comienzo de la carrera no tuve ningún problema de peso. Con tantos ejercicios que hacía, todo el alimento pronto se me convertía en músculos…
Tantas ofertas en avalancha me harán la vida imposible. Empecé a practicar el boxeo para no morirme de tedio ante una vida demasiado ordinaria, pero me ha resultado tan azaroso que no dejo de angustiarme. Tampoco sería capaz de suicidarme, ¿verdad que no?… No, no sería capaz… Solo un hombre con un cerebro más desarrollado tendría la osadía de hacerlo…
…Oye, te cortaste mucho el pelo, por la parte de arriba… no, no, es mejor ir a la peluquería antes de la pelea… La barba que crece por culpa de la pereza te vuelve doblemente miserable cuando te tumban en el ring…
Uno dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno dos… Mira, hoy estoy en muy buenas condiciones…
Oiga, señor Kimura, fíjese que el otro día saqué un oráculo escrito y me tocó uno que decía: «Suerte inesperada». Esa máquina que arroja un cacahuate al colocar una moneda de diez yenes y levantar la manivela, ¿la ubica? Me puse de buen humor y probé otro, pensando que sobrevenía algo extraño. Otra vez lo mismo: «Suerte inesperada». Me dejó atontado y quise probar uno más… y me tocó otra vez la misma frase. No lo podía creer. ¿Verdad que es extraño? Usted sabe que tengo el brazo lesionado, pero me infundió tanta confianza que fui a hablar con el maestro para suplicarle que me ayudara a realizar esta pelea, a como diera lugar. Pero qué tal si la pierdo después de todo esto, qué congoja…
Anda, el sparring
Uno dos, seguidos
¡La derecha, uno dos!
Ahora, jab, jab, jab, jab
Un uppercut directo
Tres derechas, una, dos, tres
Un uppercut derecho
¿Qué sonó ahora?… Ya, la puerta de abajo… hasta la puerta es de acero… El ruido me cayó como un golpe en el vientre.
Ay… estoy despistado hoy. Se me han olvidado muchas cosas. ¿Alguien tiene una toalla de más que me preste? La mía se me quedó en la casa. Quizá soy un tarugo insalvable…
Me levanté de un tiro a las cinco de la mañana, como de costumbre, a pesar de que me habían dicho que hoy podía omitir el trote… Qué torpe soy… Iba a dormir a mis anchas, porque me dijeron que ya no había problemas de peso… Anoche escuché música en la cama para relajarme… el concierto para violín de Tchaikovski… ¿no le parece hermoso?… El canto del cisne también es relajante… Me gusta más el jazz, pero el problema es que me desvela…
Me cuesta levantarme temprano en la mañana, más que todo; como sufro, de verdad… el término «trotar» suena exagerado, pero no me resulta tan pesado correr unos cuantos kilómetros… Al levantarme y vestirme… qué sufrimiento tan terrible… tengo que soportar el sueño y el frío… Ya estoy añorando la llegada del verano… qué pereza…
Y qué importa…, me gusta lo que hago, eso es todo. Aunque a veces me parece odioso, en el fondo me gusta, sabes. Si uno lo odiara en serio, no volvería a practicarlo después de haber recibido tantos golpes fuertes. Hay algo que me atrae. Para empezar, es tajante; todo es blanco o negro y puedes definir lo que significa vivir con claridad, ¿no te parece?
¡Jab, jab, jab, jab!
Jab, al fin y al cabo. Disparando el jab, me puedo serenar. Confío en mi golpe directo. Con el jab provoco al contrincante, así. Jab, jab, jab, jab ¡Upper directo!
¿Qué hora es?
Bueno, la pelea comenzará pronto… qué fastidio… casi no lo aguanto…
¿Ves que compré medias rojas? El color rojo nos trae buena suerte, dicen, a los que nacimos en agosto… ¿Sabes que nací en agosto?… El color rojo es para los que cumplimos años en agosto. Por eso compré estas medias rojas… ¿Cómo?… ¿Color blanco?… ¿En serio? Pero usted no nació en agosto, ¿verdad?… Qué malvado es… deje de tomarme el pelo… Qué extraño… ¿las medias rojas no surtirán efecto?…
…Pero estoy en buenas condiciones físicas. He tenido mucha suerte estos días. ¿Vio que me tocó «Suerte inesperada»? Y de noche duermo como un tronco. Ayer me dolía tanto el cuerpo a la hora del masaje que llegué a pensar que se me habían petrificado los músculos, pero después de haber dormido bien, amanecí como un resucitado, como si nada. Será en virtud de la experiencia. Mire con qué agilidad estoy moviendo los brazos en el boxeo de sombras… La victoria es mía, estoy segurísimo. La lesión en el brazo se me curará por completo al comenzar la pelea, ¿no me cree?
Hombre, no voy a perder… Si me derrotan ya estaré fuera de la clasificación…
… ¡Voy bien! Escuché el pitazo muy cerca de los oídos… Esto quiere decir que estoy tranquilo… La resina de las botas también suena como debe ser… Voy a ganar… Ya van cuatro derrotas consecutivas… Sí, me he esforzado, pese a la lesión del brazo… un esfuerzo casi innecesario… Por más que me digan que descanse, que me cuide más el cuerpo, no puedo calmar la ansiedad… El descanso solo serviría para descalificarme… Qué humillación sería… Una vez descalificado, difícilmente saldría a flote… sí, casi imposible… con tanta competencia encima…
Uppercut directo
Al centro, al centro, al centro
¿Qué haces?, golpea, hombre
Eso, eso
Adelante, adelante
Uno dos, uppercut
Lo sé, no me molestes… tengo experiencia…
Del décimo al noveno… del noveno al octavo… del octavo al séptimo… del séptimo al sexto… cada vez que subo un puesto en el ranking, derribo cinco enemigos… me lo dijo el maestro… O sea que el campeón ha derribado, a ver, cinco por diez, cincuenta boxeadores en total… Qué bueno ser campeón, pero qué terrible ser uno de los cincuenta derribados… pero si no eres campeón, eres uno de los derribados… A veces me pongo a reflexionar… Del séptimo al octavo… del octavo al noveno… del noveno al décimo… Qué ciclo tan detestable… Ahora solo estoy boxeando para que los demás suban de ranking… ¿por qué será?… ¿Será que carezco de vocación?…
(Gong)
Ahora, respira hondo
Ese golpe al vientre estuvo bien
Pero no te conformes con uno dos
Uno dos tres cuatro
Relájate, pero no te detengas
Luego, hacia arriba
Cuidado con el jab del enemigo
Muévete bien
Con las piernas ágiles
Métete adentro
Y uno dos tres cuatro
Sin parar, luego hacia arriba
… De veras creo que hoy tengo suerte. Cambié de trabajo el 18 de febrero… llegué ese día a las 8 en punto a la oficina… Estamos en el año 38, para rematar, ¿no ves?… tres veces el número 8, que es de suerte, indica buen futuro. Soy afortunado.
No perderé… Otra derrota me descalificará…
A la derecha, pásate a la derecha
Ahora, el directo
Date prisa
La derecha, hacia adelante
La derecha, la derecha, la derecha, la derecha
Esquívalo, y al vientre
Bien, bien
Tranquilo, vas ganando
¿Sabes que yo anoto todos los acontecimientos del día en mi cuaderno… todo lo que hago durante la jornada…? Sí, todos los días… no he faltado ni un día, te lo juro… Primero la fecha, las horas que duermo, la hora a la que me levanto, la duración de los ejercicios físicos, los kilómetros que corro, el estado físico… Luego, a ver, cómo diría, la bebida antes del desayuno… té japonés, jugo, leche… también la cantidad y los ingredientes de la comida… Viene otra vez la bebida después del desayuno… Claro, lo que como en la oficina, si acaso pruebo algo… Sigue el almuerzo acompañado de alguna bebida… y cuando estoy muy cansado, duermo la siesta… Todo esto lo anoto… todo lo que como y bebo… Luego entro al entrenamiento técnico…
Apunto también la hora de salida de la oficina y la de entrada al gimnasio… el peso según la báscula… En general, comienzo con el boxeo de sombra… y el sparring… claro, sin olvidar el nombre del contrincante… Continúo con el costal… otra vez el boxeo de sombra… tengo que recordar cuántas veces lo hice… la pera… los saltos de la comba, los ejercicios de los músculos abdominales, de contracción y estiramiento, etc. De todo esto anoto cuánto hice… A ver, a ver… el baño, quiero decir, la ducha… la báscula otra vez para terminar, y la hora de salida del gimnasio… La bebida, la cena, la bebida de nuevo… Si acaso pruebo algo más, también lo anoto sin falta… la hora de acostarme… el masaje, si me lo hacen… las vitaminas que tomo… y una que otra observación general…
Todo esto lo apunto en mi cuaderno… te lo juro, todos los días… solo para mí… ya que a nadie más le sirve… Bien sabes que la pelea comienza antes de subir al ring… En realidad, uno pelea todos los días… es indispensable la disciplina para superar a los demás…
No me dejaré vencer después de haber hecho todos estos esfuerzos… me he entrenado con una rigurosidad espartana…
(Gong)
Te sale bien el jab
Mejor que en el primer round
Ahora sí es más certero
¿Comprendes?
Ahora, respira hondo, uno dos tres
O.K.
¿Me escuchas?
¿De veras?
No te acerques por el lado izquierdo
De la derecha, de la derecha
Abanicas porque vas a la izquierda
Eso sí está mal, ¿sabes?
De la derecha, del interior
Y no del exterior
De la derecha, del interior, ¿me entendiste?
Muévete bien para meterte adentro
Eso, a la derecha
Un uppercut
Dale un jab, otro
Anímate
Un jab corto, otro corto
Demasiado grande
Más corto, más, más
Ahora a la derecha, métete adentro
Relájate un poco
La izquierda
Ahora al vientre
Carajo, la caída se acelera sin freno… a pesar de que conté treinta patrones en mi mejor momento, ahora solo me quedan siete, dicen… En la oficina ya me siento incómodo… «Deseamos de todo corazón que sigas haciendo esfuerzos hasta ganar el glorioso título de campeón», me han dicho… Qué ingenuidad… Solo uno entre cincuenta llega a ser el campeón… Sin esos cincuenta derrotados no existiría tampoco el campeón… me deberían agradecer por eso… Qué ridiculez…
Es extraño, ahora me pesan más los brazos; cuidado, se me ha caído la defensa… Ayer me dolieron muchísimo durante el masaje… ¿Será que ya no hay esperanza?… No, ya no quiero pelear contra este hombre que golpea tan fuerte… Debo esquivarlo con el juego de piernas antes de que me deje molido… o con un daño en la lengua, así ni podré trabajar en la oficina…
Ay, qué terrible es la caída en el mundo del boxeo… Es como estar colgando de un paracaídas perforado… al agarrarlo con las manos, solo sientes un alivio ilusorio y, en realidad, es lo mismo que soltarlo… Campeón… bueno, es veloz también la caída de un campeón… quizá más que la de un boxeador común… Detrás del campeón se ve el barranco más abrupto… ¿Verdad que sí?… Te precipitas acá o te precipitas allá: es la única diferencia… si de todas maneras caes al abismo… Qué tristeza…
… A ver, ¿dónde estoy? ¿Será que me quedé dormido? Me siento como en el fondo de un río. Mira, pasan muchos peces aquí arriba…
¿Cuatro? ¡Cuatro, dijo?… No se oye nada, porque habla en voz muy baja… ¿O sea que me han tumbado?… Ya veo, siento el olor de la colchoneta… Tranquilo, todavía hay tiempo… ¿Cuatro, verdad?… No te preocupes, todavía me faltan seis segundos… Claro, me he excedido en el entrenamiento… un boxeador clasificado cuando está de capa caída es muy solicitado entre los jóvenes que van en ascenso… pues sirve de peldaño para la promoción… y le sobran ofertas… Yo mismo me fijaba en aquellos boxeadores menguados al iniciar la carrera… A propósito, ¿cómo se llamaba ese boxeador?… El que peleó conmigo cuando yo estaba recién clasificado… Nunca más lo he vuelto a ver… Ya no seguirá activo… Ya me pararé…
No, mejor descanso un poco más. Apenas va por cuatro, ¿verdad? Me quedan nada menos que seis segundos. Ahora mismo me pararía si lo deseara; me incorporaré primero sobre el codo derecho, así, y luego retiraré la pierna derecha para desplazar el peso hacia la rodilla izquierda. Y listo.
Qué bonito… el cielo azul, pero es un azul celeste auténtico… ¿Pero por qué veo el cielo?… ¿Habrá algún resquicio en la bóveda?… Qué pereza… me da pereza pensar en la bóveda… bien… a mí qué me importa…
¡Ahora sí que me levanto! Lo esquivaré con el juego de piernas para darle un golpe por encima del ojo izquierdo. Esa herida todavía no está bien cicatrizada. Apenas estamos en el cuarto round… con una caída no pierdo nada… Yo tengo más experiencia que él, hombre… esto no es nada… lo voy a inmovilizar con mis jabs… ¡Ya me levanto!
Incorporarme sobre el codo derecho… retirar la pierna izquierda… desplazar el peso hacia la rodilla izquierda…
Qué extraño… Me siento como si estuviera dividido en dos, como si fuera dos personas… Ya estoy de pie, ¿verdad?… ¿Dónde está el ring?… Qué ruidoso… ¡Tanto ruido me vuelve loco!…
Ya, ya, claro…
Estas medias rojas, recién estrenadas, no me sirvieron de nada… sí, lo sé… un hombre como yo está destinado a avanzar sobre el camino prohibido… Cuatro años y seis meses después… he vuelto al punto de partida… En casa me hartaré de comida… comeré hasta más no poder, ya olvidándome del cuaderno… También fumaré y beberé… me comeré una fuente entera de gelatina… me dedicaré a hacer todo lo que no he podido… te lo juro, porque me he disciplinado en exceso…
¡Cómo me duele la cabeza! Carajo, tanto dolor no me dejará dormir un par de días… Ay, me duele… voy a explotar… Auxíliame, por favor, te lo suplico…

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Entrevista a Álex Ayala Ugarte: «Una buena crónica te hace visible lo invisible»

por Alejandro Güerri

En las crónicas de Álex Ayala Ugarte, los lugares se imbrican con las personas y las historias son indisolubles de la casa, calle, pueblo o ciudad boliviana donde suceden. Así conocemos la vida y la voz de un grupo de payasos y payasas en Ser payaso es cosa seria (2019); o recorremos una ruta donde la muerte protagoniza todas las crónicas en Rigor mortis (2017). Sea un oficio o la vida, ambos libros parecen capturar lo que se extingue.

Para contar historias, Álex Ayala Ugarte elige “el papel del periodista testigo”. Y parado en ese punto de vista, deja hablar a las cosas, deja ver otras costumbres y formas de ser. Una visión curiosa del mundo. Distanciada pero en el centro de los hechos. Ni piadosa, ni socarrona, compasiva y cómica por momentos. Chistes como apuntes a la pasada, observaciones que te la dejan picando.

Nacido en el País Vasco, AAU adoptó a Bolivia como su segunda casa en 2001. Publicó cuatro libros: Los mercaderes del Che y otras crónicas a ras del suelo (2012) y La vida de las cosas (2015), que indaga en el apego que tenemos con los objetos, además de los ya nombrados. Fue fundador de Pie izquierdo, la primera revista de no ficción en Bolivia. En 2008, ganó el Premio Nacional de Periodismo de Bolivia y, en 2015, la beca Michael Jacobs para periodistas viajeros. Hablamos con él sobre su escritura, sus temas y sus modos de abordar la masa informe de lo real hasta volverla texto.

¿Cómo hacés en tus crónicas para mantener esa distancia donde el yo se borra y a la vez está presente, como una cámara que filma todo?

Una crónica es un poco como una película: tiene escenas, párrafos descriptivos, personajes, diálogos y un largo etcétera. Y uno como «director» de su propia pieza tiene que escoger desde dónde quiere contar la historia. A mí me gusta el papel del periodista testigo, que da muestras sucintas de que está ahí, pero que no acaba conviertiéndose en protagonista. Por tanto, oigo, escucho, pregunto y observo, y luego trato de mostrar lo que considero más adecuado para que la historia se entienda.

¿Cómo surgen los temas de tus libros? ¿Qué te convoca del ancho mundo?

Me gustan los proyectos largos y siempre trato de tener alguno entre manos. Y soy un obsesivo: cuando me pongo en serio con algo, pienso en ello las 24 horas del día y los siete días de la semana. Pero no soy capaz de explicarte bien cómo es que van surgiendo los temas. Se trata de una suerte de combustión espontánea, supongo. Voy rumiando historias con las que me tropiezo hasta que, de repente, unas cuantas que comparten un mismo hilo conductor hacen clic en mi cabeza y me pongo manos a la obra. Siempre he tenido en cuenta la universalidad de las historias —es decir: siempre he buscado dar con todos los elementos que nos permiten la identificación con ellas—. Y sigo pensando que la curiosidad es mi mejor herramienta.

¿Cómo editás el material una vez reunido? Tus libros suelen estar hechos de muchas historias en torno a un tema.

Edito sufriendo. Aunque llevo años en el oficio, soy dueño de todas las inseguridades del mundo. Al comienzo, suelo pensar que todo lo que he escrito es una mierda y me fustigo. Y eso me lleva a pulir, revisar, descartar y reescribir. Tras muchas lecturas, cuando considero que el texto está en condiciones, lo dejo ir. Y luego trato de no volver a releerlo nunca.

Para mí, son muy importantes los ángulos inexplorados. Y centro mis energías en llegar a ellos.

En un capítulo de Rigor Mortis lo mencionás y también en tu perfil de IG, ¿cómo incide la tartamudez en tu relación con la escritura y con el lenguaje?

Escribir es escoger palabras. Y para un tartamudo hablar también lo es. Porque los tartamudos pronunciamos mejor unas palabras que otras y dependemos de escoger bien las palabras para ser fluidos. Veo la tartamudez como un signo visible de mi identidad y convivo con ella. A veces, con rabia. Otras veces, con humor. Y siempre con muchísima paciencia. No me supone ninguna ventaja evidente y tampoco es una desventaja insalvable. Es como el horizonte. Siempre está ahí y no hay que darle mayor importancia.

Ambos libros incluyen fotos con un tratamiento diferente: ¿qué relaciones te interesa crear entre la fotografía y los textos?

Me gusta que las fotos complementen lo que se dice en el texto y viceversa. Una buena crónica te hace visible lo invisible. Las fotografías permiten entender un poco mejor el contexto de los personajes y nos ayudan a imaginarlos. La palabra no puede aspirar a contarlo todo.

¿Por qué pensás que en Bolivia se le da ese tratamiento a la muerte, a diferencia de otros lugares?

Bolivia es un país que tiene un respeto profundo por las tradiciones. Esas tradiciones tienen que ver con las cosechas, con el baile, con la comida, con las creencias y también con la muerte. La muerte es ausencia, memoria, nostalgia y olvido. Y en Bolivia no tienen ningún pudor en mostrarnos todas sus caras. Allí la muerte no es ningún tabú. Allí hay hasta una música específica —los boleros de caballería— para despedir a los que nos han dejado. La relación de los bolivianos con la muerte es muy natural. Y eso, de alguna manera, marca la diferencia.

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Alejandra Kamiya: «En un cuento cabe todo y cabe muy poquito»

Los últimos dos libros de Alejandra Kamiya tienen títulos de frase larga – frases que forman parte de un cuento– y que como su escritura actúan en el plano concreto y en el metafórico. Los árboles caídos también son el bosque (2015) y El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2019) están llenos de cuentos memorables: “Las botas”, “Separados”, “Tan breves como un trébol”, “La casa”, “Tres sillas”, “Un círculo pequeño” y “Desayuno perfecto”, por nombrar algunos.

Precisa, sintética, pero también desmedida cuando el cuento lo pide, su escritura hace ver la acción con claridad en la página y sus historias se mueven en el plano íntimo de las relaciones sin soltarle las riendas a la emoción. Cuentos de atmósfera y personajes que avanzan con modestia hacia el centro de alguna revelación interior.

Hablamos con ella sobre sus cuentos.

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Dos cuentos de Mario Levrero

Mario Levrero es uno de tantos escritores que dio a conocer su obra con un seudónimo. Nacido (1940) y muerto (2004) en Montevideo, su nombre era Jorge Varlotta. Su obra es varia y llena de sorpresas: libros de cuentos, novelas, historietas y un manual de parapsicología, disciplina que conocía a fondo. Su libro de cuentos, La máquina de pensar en Gladys, fue publicado en 1970 por la editorial Tierra Nueva y reeditado en 1995 por el sello Arca y ahora por la linda Criatura Editora. Publicamos para que lo conozcas, los cuentos que abren y que cierran el libro, un espejo deforme el uno del otro.

La máquina de pensar en Gladys

Antes de acostarme hice la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo estuviera en orden; la ventana del baño chico, al fondo, estaba abierta –para que durante la noche se secara la camisa de poliéster que me pondría al día siguiente–; cerré la puerta (para evitar corrientes de aire); en la cocina, la canilla de la pileta goteaba y la apreté, la ventana estaba abierta y la dejé así –cerrando la persiana–; la lata de la basura ya había sido sacada fuera, las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en cero, la perilla de control de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y la botella empezada de agua mineral tenía puesto el tapón hermético, de plástico; en el comedor, el gran reloj tenía cuerda para algunos días más y la mesa había sido levantada; en la biblioteca debí apagar el amplificador, que alguien había dejado encendido, pero el tocadisco se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchufada y producía el suave ronroneo habitual; la ventanita alta que da al pozo de aire estaba abierta, y el humo de los cigarrillos del día se escapaba, lentamente, por ella; cerré la puerta; en el living hallé una colilla en el suelo; la deposité en el cenicero de pie, que la sirvienta se ocupa de vaciar por las mañanas; en mi dormitorio le di cuerda al despertador, comprobando que la hora que indicaba coincidía con la del reloj pulsera en mi muñeca, y lo puse para que sonara media hora más tarde a la mañana siguiente (porque había decidido suprimir el baño; me sentía un poco resfriado); me acosté y apagué la luz.

Por la madrugada desperté inquieto, un ruido desacostumbrado me había producido un sobresalto; me ovillé en la cama y me cubrí con las almohadas y me puse las manos en la nuca y esperé el final de todo aquello con los nervios en tensión: la casa se estaba derrumbando.

Foto: Eduardo Abel Giménez

La máquina de pensar en Gladys (negativo)

Antes de acostarme hago la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo esté en orden; la ventana del baño chico, al fondo, está cerrada, y el caballo degollado continúa pudriéndose en la bañera; cierro la puerta, para que el olor no llegue al dormitorio de mi cuñado; en la cocina, la canilla está cerrada y la abro, apenas para que gotee; la ventana está abierta y por ella entran el aire frío de la noche y las gruesas enredaderas del jardín; en la lata de la basura y a su alrededor continúan amontonándose cáscaras de banana, y yerba; en la botella quedan restos de vino tinto, veo que hay moscas flotando, muertas y vivas; el reloj del comedor, cuando yo enciendo la luz, comienza a tocar las doce campanadas y se abre la ventanita del cucú y sale la enorme serpiente, se descuelga interminable hacia el piso y desaparece bajo el aparador; sobre la mesa, los restos del festín, las manchas de vino en el mantel, la bombacha rosada de la mujer gorda y un cabo del habano, encendido aún, del inglés calvo; en la biblioteca todo está en silencio, el desconocido, de espaldas a mí, lee en la oscuridad –y cuando pienso en él me corre un frío por 1a espalda–; la ventanita alta que da al pozo de aire está abierta, y se escucha el rugido del mar y los gritos de los pescadores nocturnos; el living está lleno de gente, hombres y mujeres, dispuestos uno junto a otro, de cara a la pared, los brazos en alto; entro al dormitorio y encuentro en mi cama a la mujer, desnuda; promete despertarme mañana a la hora de siempre; extraigo del cajón de la mesa de luz centenares de paquees de preservativos, lleno con ellos los bolsillos del piyama, y entro al ropero y cierro la puerta desde adentro.

Por la madrugada me despierto tiritando, alguien ha abierto la ventanita del ropero y tengo fiebre, estoy bañado en sudor y me duele el ojo izquierdo, pido a gritos un médico o una ambulancia, pero estoy en medio de un campo desolado y no hay quien escuche mis gritos.

Otros títulos del autor en Pispear:
El alma de Gardel – Mario Levrero
Cuentos Cansados – Mario Levrero + ilustraciones de Diego Bianki
Manual de Parapsicología – Mario Levrero
Conversaciones con Mario Levrero – Pablo Silvio Olazábal
Correspondencia – Mario Levrero y Francisco Gandolfo
Historietas reunidas – Jorge Varlotta

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Alejandro Chomski presenta «El libro del desvarío humano»

Alejandro Chomski, director de cine con siete películas estrenadas y una en gateras, habla de su primer libro, titulado “El libro del desvarío humano”, lee uno de los capítulos de oso capítulos que lo componen, donde cuenta su relación con Adolfo Bioy Casares.

Publicado por @caletaoliviapoesia, “El libro del desvarío humano” reúne 65 anécdotas personales donde el denominador común es el reconocimiento (por parte del narrador) de haberse mandado una cagada. Vale decir, un error garrafal que provoca vergüenza o risa, y puede ser el preámbulo de grandes relaciones o el detonante que rompe vínculos. Así, los distintos momentos de la vida se mezclan de una historia a la otra, sin que la línea de tiempo sea cronológica. En eso el libro es muy cinematográfico, y en su adopción de diferentes personas narrativas y puntos de vista, y en el tratamiento de los diálogos.

Otro tema que, en la superficie, atraviesa «El libro del desvarío humano» tiene que ver con el reconocimiento, ya sea el anhelo de ser reconocido por los demás, o el de estar con personas reconocidas en lo suyo. Así desfilan en el libro Julie Delpy, Jim Jarmusch, un productor de Fellini, Paul Auster, personas a quien @alechomski conoció de primera mano. Pero en el fondo el recorrido del narrador es hacia dentro. Por eso, en ese repaso de episodios de la infancia, la adolescencia, la juventud, y la adultez, saca en limpio un nuevo yo capaz de reconocerse que encuentra motivos de regocijo en la amistad, en la paternidad y en cualquier acto creativo, donde poder desplegar con libertad el mundo imaginario propio.

Alejandro Chomski dirigió estas : “Hoy y mañana” (2003); “Feel the noise” (2007), protagonizada por Jennifer López; “A beautiful life” (2009); “Dormir al sol” (2012) basada en la novela de Adolfo Bioy Casares; “Maldito seas Waterfall (2015); y los documentales “Una noche con Charly García – Existir sin vos” (2014) y “Alek” (2016) sobre un viaje a Rusia con su abuelo polaco. Pronto se estrenará “El país de las últimas cosas”, basado en esa novela de Paul Auster, quien co-escribió el guión con Chomski.

Publicado por Caleta Olivia, este es el primer libro de Alejandro Chomski.