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Cuentos Narrativa

Crypta – Álvaro Bisama

Tiene treinta años y viene llegando del exilio. Es 1988 y desembarca en el puerto. No importa su nombre en esta historia que, si se mira bien, es solo una anécdota. Lo que dejó atrás es la memoria de una infancia donde existían otros colores, otros aromas. Se fue el 74, lo que recuerda –la memoria es una lejanía desolada– es el vértigo y un mundo que desapareció. Pero nada más. No le interesa recordar. Así que eso es todo, ese es el punto de partida. Así que recapitulemos: borrón y cuenta nueva al regreso, treinta años, 1988, el puerto. Eso basta para comenzar. A su llegada, no tiene un trabajo seguro. Vive en la casa de una pareja de amigos. Él es profesor y ella enfermera. 

La casa queda en los altos del cerro que se eleva en el punto exacto donde alguna vez estuvo el barrio rojo de la ciudad. Sobre ese barrio rojo se escribieron novelas y se filmaron películas pero ahora ya no queda nada salvo eso: las películas y los libros. Pero la vista desde su balcón es impresionante. Cuando se levanta, puede ver la bahía al amanecer y la lentitud de los buques al entrar y salir de la rada. Hace durar los ahorros. Les paga un arriendo mínimo a sus amigos y se dedica al arte, pinta, escribe, dibuja, esculpe, lo que quiere decir que no se dedica a nada; simplemente deambula por el puerto, bebe en los bares, se escurre en la frágil bohemia de los fines de dictadura. A veces se acuesta con novias ocasionales, muchachas que le preguntan por su acento, sus viajes y con las cuales comparte algunas tardes. Él, se hace entender, es poeta y, por ende, lee mucho. Aquello es falso pero no demasiado, lee mucho pero no es poeta. Alguna vez lo publicaron en una antología sueca de escritores en el exilio. Como todos los de la antología era una copia triste de Nicanor Parra. Pero da lo mismo. Lo que importa: una de las muchachas con las que se acuesta le presta un libro. 

El volumen se llama Crypta y es el primer y único libro de un poeta/artista visual/teórico que vive en un pueblo de la provincia que queda a una hora del puerto. Crypta tiene 120 páginas y es, de buenas a primeras, inentendible. En eso está de acuerdo casi todo el mundo: nadie sabe qué hacer con Crypta y con su autor. Los más arriesgados elucubran teorías sobre el libro: el libro que cambió la poesía chilena, el ensayo total sobre el lenguaje americano. Los menos, simplemente lo omiten, para qué entrar en honduras. Él, en todo caso, no es ninguno de ellos. No es más arriesgado ni menos arriesgado. Simplemente no entiende. Se pierde en Crypta, en ese laberinto de citas y collages que mezcla fotos de Trotski y Verlaine; mapas secretos del mundo; ecuaciones zoomórficas que deben ser resueltas por conejos; lingüística de topos; catálogos de arte victorianos; fotos de mujeres suspendidas en distintos tipos de oscuridad; conspiraciones, los agujeros negros del lenguaje, dedicatorias a poetas franceses desconocidos; más ecuaciones, esta vez graficadas con la iconografía de la meteorología hindú; reescrituras; fotos de casas en llamas, habitaciones llenas de escombros, anotaciones de náufragos que dilapidan sus últimos momentos contando fábulas nepalesas y el sonido transcrito que hace de una manada de lemmings ahogándose en un mar helado. 

Y sí, Crypta trae todo eso y más. Crypta es eso y más y él queda absorto con el libro. Se obsesiona. Les habla de él a los amigos que lo acogen. Rompe con la muchacha que se lo ha prestado para quedarse con él. Por esos días, consigue un trabajo: da clases de idioma en un instituto. Mata sus tardes con otras muchachas y yendo al cine. Sigue releyendo Crypta, del mismo modo que sigue errando por los bares, sin llegar a conclusión alguna. Deja de decir que es poeta. Su personalidad muta, se impregna del lenguaje de susurros nacionales, se llena de eufemismos. Pierde su acento extranjero. Se mimetiza con el color amarillo sucio del puerto. Empieza a fingir que le gusta su trabajo. Pasan los meses. Un día conoce en un bar a un cineasta. El cineasta le dice que está en busca de guiones, no se lo dice precisamente a él, pero él lo entiende así: están en una mesa llena, suena algo de Quilapayún y el cineasta (que es la estrella de la noche: ha presentado en una cineteca del puerto un documental sobre el desmantelamiento de una vieja discoteca en el centro de Santiago, una discoteca a la que asiste toda la fauna de la contracultura chilena pero que, irónicamente, está regentada por un ex CNI) dice: estoy en busca de un guionista. Lo dice al aire y no mira a nadie pero él entiende que le están hablando. Eso es todo: el cineasta dice que anda a la busca de un guionista y a él se le ilumina la cabeza y se da cuenta de que es guionista. No es raro, antes era poeta. 

Esa noche, a la salida del bar, medio ebrio le dice al cineasta que tiene un guión en barbecho y que se lo desea mostrar. El cineasta le dice que se va fuera de Chile un par de meses pero que a la vuelta pueden conversar. Él asiente y sonríe, le viene de perillas, en dos meses puede tener listo un guión. Se despiden en medio de ese barrio rojo donde ya no hay luces. Sube al cerro caminando. No pasan colectivos, camina entre medio de callejones oscuros, casas miserables, gatos perdidos y sombras fugaces que se agolpan en las esquinas. Mientras sube, piensa en el guión pero surgen algunos problemas. Al principio son problemas abstractos que lo golpean en la bruma alcohólica, miedos mínimos que se le aparecen de repente y de los cuales –mientras el frío de la noche lo devuelve paulatinamente a su estado de sobriedad– adquiere conciencia total cuando llega a su casa. Los problemas son dos. Uno tiene solución y el otro no tanto: nunca ha escrito un guión y, lo que es peor aún, no tiene historia alguna que contar. Cuando bebe un vaso de agua en la cocina ambas objeciones lo dejan abatido. Los días que siguen se los pasa intentando decidir qué va a hacer. Consigue por ahí unos cuantos libros sobre cómo estructurar un guión y con eso el problema uno está solucionado. El problema dos es más complejo así que recurre a las soluciones clásicas: intenta adaptar su propia biografía, plagia a autores clásicos, se roba argumentos de cuentos de hadas, se entrevista con amigos y amigas que puedan contarle historias. Ninguna le resulta: su propia biografía –si no fuera por un exilio sin estridencia– carece de drama, de los autores clásicos sabe poco y nada, sobre los cuentos de hadas solamente se le ocurren soluciones pornográficas y respecto a sus amigos/as todas las historias que le cuentan parecen gastadas y pierden el gas cuando las intenta colocar en el papel. Se desespera, comienza a odiar las clases de inglés, a sus amigos/arrendatarios, a la geografía multiforme de Valparaíso y la odiosa subida al cerro que realiza cada noche. Deja el proyecto. 

Un mes después, un mes antes de que llegue el cineasta del extranjero, se encuentra con su ex en la Plaza Victoria. No hablan. Solo la ve al pasar, ella se pasea con un hombre. Entre medio de los dos está un niño pequeño. Se saludan en todo caso. El niño no le da bola. Él regresa a casa. Tiene una idea: toma de una estantería el ajado ejemplar de Crypta. Así que lo hace: relee Crypta por enésima vez anotando las imágenes que se le vienen a la cabeza. Al cabo de dos semanas, descifra el libro, tiene una historia que contar. Es la penúltima semana de 1988. Pinochet ha perdido el plebiscito, la realidad luce más alegre, intensa y menos dolorosa, y él ha terminado su guión; lo ha escrito a mano, en hojas blancas. Tras el guión de Crypta hay mapa posible del libro que ha ocultado hasta ahora su secreto: se trata de una novela. El esqueleto de esa novela, el esqueleto de ese guión, es mínimo y en el guión cobra la forma de una película coral protagonizada por seres con cabeza de animal que deambulan por una casa vacía, teniendo relaciones sexuales de corte sadomasoquista. Todos los personajes (que son cerdos, perros y focas) componen una familia de apellido Picabia. Todos abren puertas y cierran puertas, mientras descubren la mecánica de la casa donde están encerrados, la que al final se revela como la cabeza del poeta. En el guión esta anagnórisis los demuele: los Picabia no existen, carecen de sustancia; son, con suerte, sinapsis, flujos de ideas, representaciones simbólicas de lo que sucede realmente en esa cabeza. 

Eso escribe en el guión, que además corrige y pasa a máquina en dos días. Le gusta cómo queda pero siente que falta algo, como si en ese rompecabezas –que es el guión, que es la cabeza donde viven los Picabia, que es Crypta, al fin y al cabo– una pieza brillara en la oscuridad señalando que es falsa. Él no sabe qué pieza es pero la intuye, la siente cerca. En el bar alguien le dice que el cineasta ya ha llegado a Chile y que en Año Nuevo se dejará ver por Valparaíso. Él sonríe: si solo tuviera más tiempo, piensa. Más tarde, en su habitación, mira las páginas mecanografiadas de Crypta, el guión, y el ejemplar de Crypta, el libro. Se le ocurre cuál es la falla: ha escrito en la oscuridad, se ha movido en sombras, lo ha hecho todo por intuición. Se da cuenta de que debe ir a ver al poeta. Dos días después, toma el guión de Crypta, lo fotocopia y parte al pueblo donde vive el poeta. La noche anterior ha llamado a la muchacha a la que le robó el libro para preguntarle dónde vive el poeta. Ella le responde solo después de una hora de recriminaciones, silencios, llantos al otro lado de la línea. Ella le cuenta que ha vuelto a estar sola. Luego, le ha advertido: no sabes a lo que vas, antes de decirle que se ha hecho un aborto. Él ha pensado en el niño con el que la vio; se imagina que pudo haber sido un fantasma. La conversación completa con la muchacha dura dos horas agotadoras, se extiende por la madrugada, en la noche deforme del puerto. Al final, ella le dicta la dirección. No sabes a lo que vas, ha dicho antes de colgarle. Después de eso, insomne, él se ha quedado cavilando. Piensa en la muchacha pero también en lo que conoce del poeta: nunca fue a la universidad, robaba motos cuando era joven y las lanzaba al mar, tuvo una librería que fracasó por falta de público, ya no sale de su casa. Eso es todo, un puñado de cuentos chinos de la literatura local. Nada serio, piensa mientras la micro se adentra en los cerros de provincia. Hace calor. Son las 12 de la mañana. Ya ha pasado Navidad y faltan un par de días para el Año Nuevo. Cuando llega al pueblo, toma un colectivo que lo deja a dos cuadras de la casa del poeta, que está en una población llena de casas iguales, en la loma de una colina amarilla. Camina por la población. Los niños andan en bicicleta, los rayados del NO pierden color en los muros, se escucha música reggae saliendo desde algunas casas.

Encuentra la del poeta, una construcción reciente y mínima, nada la distingue del resto. Toca el timbre, una mujer le abre y le explica a qué viene. Ella lo mira raro. La mujer tiene el maquillaje corrido, parece haber llorado. Menciona el nombre de la muchacha. La mujer lo deja entrar: el poeta está en su estudio. Ella le dice que espere en el living. Mira la decoración: muros casi desnudos, solo fotos familiares del poeta, la mujer y sus hijas. Eso es todo. Nada más. Un olor pesado, a especias, flota en el aire. La mujer le pide que por favor la visita sea breve, que el poeta no se siente muy bien en estos días. Él asiente con la cabeza y esboza una disculpa. Luego la mujer se pierde en la cocina. El poeta aparece en el living. Es idéntico a las fotos: feo, alto, flaco, demacrado y tiene una melena escuálida y sucia peinada hacia atrás que disfraza en una calva incipiente. Su piel es amarilla. Está enfermo. Probablemente está loco: se da cuenta cuando hablan del proyecto de la película. Él miente, el poeta escucha. El poeta le pregunta si va a ser como esa película inglesa donde aparece Borges. Él dice que no la ha visto, pero que en cualquier caso, no va a ser como esa película. El poeta le dice que lo que aparece en verdad en la película inglesa es una imagen de Borges a la que le llega un balazo. La imagen de Borges rompe la pantalla. Hay diferencias entre Borges y su imagen, dice el poeta. Luego le pide la copia del guión. Él se la entrega, el poeta no la hojea. Le cuenta la historia de un poeta surrealista que se comió su propia mano. Lo encontraron así, dice el poeta, devorándose a sí mismo en una habitación, con la mano casi sin piel, con los ojos abiertos y saciado de sí mismo, dice. Luego agrega: ¿Ha leído usted a Lovecraft? Él dice que no. Vale la pena, hágalo. Sus monstruos son asombrosamente parecidos a nosotros, pero viven en el lado delgado del aire. Esos monstruos ahora son la realidad. Si acepto participar en su película, va a ser solo interpretando a uno de eso monstruos, dice el poeta. Crypta ya es letra muerta. Es un texto que funciona solo, más allá de mi nombre, más allá de las colinas de este pueblo de tierra. No me interesa. Ahora puede irse, pero déjeme el guión para verlo. Él se despide y se va. Vuelve al puerto. 

Piensa en la conversación, imagina los monstruos. Se dedica a lo suyo. Vagabundea por bares. Se siente vacío. Se emborracha. Una noche se para en la puerta de la casa de la muchacha y se pone a gritar. Ella sale a verlo. Lloran juntos. Terminan en la cama. Luego se separan, el vacío vuelve. En Año Nuevo mira los fuegos artificiales en una plaza: las luces que explotan en el cielo y ciegan la vista, bombardeando una ciudad donde, milagrosamente, nadie muere. Abraza a sus conocidos y luego ubica al cineasta en una fiesta. Son las cuatro de la mañana. Le dice que tiene el guión. El cineasta está drogado, él está ligeramente ebrio. ¿Qué guión?, le pregunta. ¿Quién chucha eres tú?, agrega. Él dice: me encargaste escribir el guión de tu próxima película, adapté un libro, estoy a punto de conseguir la aprobación del autor, dice mencionando el nombre del poeta. Pero quién es ese huevón, dice el cineasta y quién eres tú, huevón, no te conozco; además, yo hago documentales. ¿Por qué estás en esta fiesta?, grita el cineasta y luego se da la vuelta y se va. Él se queda en medio de la pista de baile. La gente baila cumbia alrededor suyo. Se va. Escapa del único modo posible en el puerto: sube el cerro. La calle huele a pólvora y carne asada. Los ecos de la celebración llegan traídos por el viento. No mira las luces de la bahía. Se sienta en la calle. Pasa ahí como una hora. Fuma. Respira hondo. Las volutas del humo toman la forma de los monstruos y luego desaparecen. Eso es todo. Decide entrar. No hay nadie en la casa. Llama a la muchacha por teléfono. Hablan hasta el amanecer. Cuando ella cuelga, él se va a acostar. Sobre el escritorio, mira el ejemplar de Crypta. La luz del sol naciente ilumina la mitad de la portada. El resto permanece en penumbras: un par de casas derrumbadas fotografiadas en blanco y negro donde un par de niños juegan alrededor del frontis. Los niños están suspendidos en el aire, detenidos. La oscuridad tapa a uno, que aparece deforme, plácido y sombrío, ante sus ojos. Es imposible saber lo que está haciendo.

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Narrativa

Correspondencia – Mario Levrero Y Francisco Gandolfo

Lo interesante de este libro de cartas entre Mario Levrero y Francisco Gandolfo es que, en ese espacio privado y único que es la escritura de una carta, deja en evidencia el ingenio y la capacidad creativa de ambos.

“Correspondencia” compila las cartas que se mandaron entre 1970 y 1986: Gandolfo en Rosario, Levrero en Montevideo y Piriápolis. La relación epistolar que mantienen está plagada de humor, con licencia para el desvarío y la anécdota cotidiana, aunque también profunda, en la que siempre el hilo conductor es la literatura. Se mandan libros, publicaciones y material inédito –principalmente Gandolfo a Levrero– para conocer la opinión del otro. Se reclaman respuesta a una carta desatendida, o se disculpan por demorarse en escribir. Se llaman de: estimado vate, Esotérico, apreciado parapsicópata, querido Crep Yoryét, estimado best seller, temible exégeta, Ex-perto, amigo.

Una forma íntima y linda de entrar a la obra del escritor uruguayo (autor de «El lugar», «El discurso vacío» y “Dejen todo en mis manos») y del poeta y narrador argentino (que publicó “Poemas joviales”, “El sueño de los pronombres”, “Pesadillas”, fundó la imprenta La familia y la célebre revista literaria El lagrimal trifurca).


Publicado por: Editorial Iván Rosado
Prólogo: Osvaldo Aguirre

Otros libros de los autores en Pispear:
– Secreto Intransferible (Versos Y Prosas 1980-1992) – Francisco Gandolfo
– Versos De Un Jubilado – Francisco Gandolfo
– La Máquina De Pensar En Gladys – Mario Levrero

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Narrativa Poesía

Tus libros recomendados de Pispear

Abrimos una invitación a que lectores y lectoras de Pispear nos escriban para pedirnos recomendaciones de libros a partir de la encuesta que armamos. A continuación, compartimos algunos intercambios de pedidos y recomendaciones de libros que figuran en nuestro catálogo:

1
Nos pidieron: Novelas y cuentos de autores contemporáneos de literatura japonesa, argentina, inglesa, norteamericana y rusa.

Recomendamos:

2
Nos pidieron: Novelas de autores contemporáneos de literatura latinoamericana.

Recomendamos:

3
Nos pidieron: Ensayos de autores contemporáneos de literatura argentina, latinoamericana, española y norteamericana

Recomendamos:

4.
Nos pidieron: Poesía de autores contemporáneos de Argentina y Latinoamérica

Recomendamos:

5
Nos pidieron: Novelas clásicas de literatura inglesa y norteamericana.
Recomendamos:

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Narrativa Novela

El libro del verano – Tove Jansson


Se trata del primer libro de la autora finlandesa creadora de los «Moomin», publicado en nuestro país. «Una artista anciana y su nieta de seis años pasan los veranos en una pequeña isla del archipiélago finlandés. La abuela es algo malhumorada y poco sentimental; Sophia, impetuosa y volátil. Una conoce profundamente la vida, la otra está ansiosa por saberlo todo. Juntas exploran la isla y sus secretos, inventan historias para explicar los misterios que las circundan, mientras se preguntan sobre la vida, la muerte, la naturaleza que las rodea, el amor»

Publicado por: Cía Naviera Ilimitada

Otros libros de la autora en Pispear:
– La Verdad Increíble – Tove Jansson
– Juego Limpio – Tove Jansson

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Cuentos Narrativa

Tostadas de jabón y otros cuentos – Julian Maclaren Ross

Tostadas de Jabón, es el primero de los 11 cuentos que reúne esta antología (publicada en 2012) de Julian Maclaren – Ross (1912-1964), escritor y guionista inglés. Con tintes autobiográficos, estos relatos te empapan de vivencias del autor. Desde una novia fugitiva en Londres («Tostadas de jabón»), a sufrir una noche en que un grupo de amigos casi es asesinado en una rebelión popular en Madras, India («Una noche tremenda») y veranear con un grupo de amigos en el sur de Francia que juegan y se pelean al alabar a Buda y Brahma en el sur de francia («El sumo sacerdote de Buda»), estos relatos resultan una linda invitación a conocer al autor de «Amor y hambre» y quien fuera considerado «el héroe más oculto de la lieratura inglesa».

Publicado por: La Bestia Equilátera

Otros libros del autor en Pispear:
– Veneno De Tarántula – Julian Maclaren Ross
– De Amor Y De Hambre – Julian Maclaren Ross

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Narrativa

Imposible salir de la tierra – Alejandra Costamagna

El último cuento de «Imposible salir de la tierra» condensa en el personaje principal la poética intrínseca a este libro de Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970). Un hombre llamado Canossa que vive empastillado se enamora hasta la obsesión de Alia, una chica que trabaja de boletera en un cine. Empiezan a salir, se mudan a un pueblo del interior, compran un hotel para remodelarlo, pero la falta de fármacos más la fiebre de los celos por un tío de ella crean un cóctel explosivo en Canossa que, como primer síntoma del raye, se observa a sí mismo desde afuera. Esa posición distanciada de los hechos se traslada al resto de lxs narradorxs del libro, que cuentan las historias en una tercera persona omnisciente, generalmente desde la perspectiva de una mujer.

Los 10 cuentos de «Imposible salir de la tierra» te pasean por distintos mundos y tonos, aun cuando la muerte ronde en todos. De la calle al pueblo y la ciudad desolada, del realismo significativo de «Gorilas en el Congo» y «Are you ready?», a lo extraño y fantástico en el brillante «Cuadrar las cosas», sobre una mujer que decide construir un hijo. En ese sentido, varios de los cuentos parecen hablar en clave simbólica sobre temas contemporáneos del modo en que lo hace la ficción de talla: sin dejar rastros de las costuras. Todas las mujeres del libro toman las riendas de las relaciones.

«Imposible salir de la tierra» es el cuarto volumen de cuentos de Alejandra Costamagna. Tiene, además, un libro de ensayos y cinco novelas; la última de ellas, «El sistema del tacto», fue finalista del Premio Herralde 2018. En la contratapa de «Imposible…» recomiendan leerla Roberto Bolaño, Mariana Enriquez Alejandro Zambra.

Publicado por Años Luz Editora

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Narrativa

Nosotros en la noche – Firky El Azzouzi

Marginalidad, violencia sin miramientos y exclusión son los tópicos que invitan a leer “Nosotros en la noche”, novela con tintes autobiográficos del autor belga, Firky El Azzouzi, quien estuvo presente en nuestro país durante el FILBA 2018. Pero lo más atrayente de este libro –best seller en Bélgica y Alemania– radica en la impotencia, el abandono y la ausencia de sueños en que recaen Ayoub y su grupo de amigos musulmanes, descendientes de marroquíes, cada vez que intentan insertarse en la sociedad de un pueblo remoto en Bélgica. Y a su vez, cómo las secuelas de esa frustración incesante pueden engendrar mártires del terrorismo islámico, a pesar de los deseos del protagonista de ser escritor y la necesidad agobiante de algunos personajes de que sus historias sean recordadas.

Publicado por Editorial Clase Turista
Traducido por: Micaela van Muylem
Diseño: Lucila Castromán

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Literatura Francesa Narrativa

Diccionario de los lugares comunes – Gustave Flaubert

Esta obra del autor de “Madame Bovary” y “Salambó”, fue ideada como una contestación (y hasta un reproche) a la sociedad imperante de su época con un humor e ironía dignos de una versatilidad narrativa increíble, burlándose incluso del formato del diccionario. Póstumamente, y recién en 1911, fueron recopiladas todas sus definiciones y publicado como Dictionnaire des idées reçues. Todas y cada una de las acepciones inventadas resultan geniales, así que sólo a mero título enunciativo, les mostramos algunas:

ARTE: Lleva al hospital. ¿Para qué sirve? No sirve para nada, pues se lo reemplaza por la mecánica, que produce mejor y más rápido.

CONVERSACIÓN: La política y la religión deben ser excluidas de ella.

CRÍTICO: Siempre eminente. Se supone que lo conoce todo, lo sabe todo, lo ha leído y visto todo. Cuando os disgusta, llamarlo Aristarco o eunuco.

CURAS: Habría que castrarlos. Se acuestan con sus criadas y tienen hijos a los que llaman sobrinos. Da igual, también hay curas buenos.

FIEL: inseparable de «amigo» y de «perro».

FUNDAMENTO: todas las noticias carecen de él.

IMAGINACIÓN: siempre viva. Desconfiar de ella. Cuando no se la tiene, denigrar a los demás. Para escribir novelas, basta con tener imaginación.

INMORALIDAD: esta palabra, bien pronunciada, dignifica a quien la emplea.

MEDIANOCHE: límite de la felicidad y los placeres honestos; todo lo que se hace más allá de ella es inmoral.

TIEMPO: Tema eterno de conversación. Causa universal de todas las enfermedades. Quejarse siempre de él.

Publicado por Libros del Zorzal

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Narrativa

El Nadador en el mar secreto – William Kotzwinkle

Este libro te desarma. La historia es tremenda y mejor leerla que contarla, pero empieza con una pareja –Laski y Diana– que se despiertan en mitad de la noche porque ella rompió bolsa. Viven en una cabaña perdida en el bosque,  pleno invierno. Lo que les toca pasar tiene el color exacto de la tristeza, y el libro está escrito con un lenguaje directo y poético que arrasa. El punto de vista múltiple atenúa la tragedia y es como si viéramos la historia a través de un velo como cuando pasa algo terrible.

Escrito al calor de una experiencia propia, «El nadador en el mar secreto» salió en 1975. Se reeditó recién en 2010 en Inglaterra y Estados Unidos, y en 2012 una novela de Ian McEwan donde se lo menciona lo ayudó a revivir. En Argentina, lo editó China Editora en 2019.

Traducción: Caterina Gostisa
Arte de tapa: Leandro Escobar

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Narrativa Novela

La Reserva Nacional Pushkin – Sergéi Dovlátov


“Estaba convencido desde hacía tiempo: basta con quedar pensativo que en seguida surgen los recuerdos tristes. Por ejemplo, la última conversación con mi mujer…
-Hasta tu amor por las palabras, el demente, insano, patológico amor, es falso. Es solo un intento de justificar la vida que llevás. Bueno, llevás la vida de un famoso escritor sin tener las condiciones para eso…Con tus vicios tendrías que ser, como mínimo, un Hemingway…
-¿Lo considerás un buen escritor, realmente? ¿Acaso Jack London también es un buen escritor?
-¡Dios mío! ¿Qué tiene que ver Jack London? Mis únicas botas están empeñadas…Puedo perdonarlo todo….y la pobreza no me asusta…¡Todo menos la traición!
-¿De qué estás hablando?
-De tus eternas borracheras. La tuya…no quiero hablar…No se puede ser artista a costa de otra persona… ¡Es una infamia! ¡Hablás tanto de la nobleza! Y vos mismo sos un hombre frío, cruel, ladino…
-No te olvides que hace veinte años que escribo cuentos.
-¿Querés escribir un gran libro? ¡Eso lo logra hacer solamente uno entre cien millones!
-¿Y qué? En un sentido espiritual, un intento fallido así equivale al libro más grande. Si querés, moralmente es más elevado aún. Porque excluye la recompensa…
-Son palabras. Eternas, bellas palabras… Me cansé…


En La Reserva Nacional Pushkin de Sergéi Dovlátov
Publicado por Años luz editora 
Traducción: Irina Bogdachevski 
Prólogo: Laura Estrin

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Narrativa

Berta Isla – Javier Marías


Ante el lanzamiento de Tomás Nevinson, la novela del escritor y traductor Javier Marías, les comentamos su predecesora, Berta Isla, novela galardonada con el Premio de la Crítica de narrativa castellana (2017). La cualidad innata para los idiomas y acentos de Tomás Nevinson se fusiona con la desgracia en su juventud para que se transforme en un agente del Servicio de Inteligencia inglés. Al suspenso que debe tener toda obra de espías, se le suma la del amor incondicional, pero vivenciado fuera de los parámetros normales y sociales, sino de una manera muy particular y estoica por Berta Isla.

Otros libros del autor en Pispear:
– Tomás Nevinson – Javier Marías