Categorías
Literatura Argentina Narrativa argentina

La enfermedad china – Carlos Chernov

Everything is gonna be all right, ésa era nuestra canción preferida cuando fuimos al congreso de Bruselas en octubre del ´86 con las chicas de COYOTE. Era nuestro lema. Teníamos mucha confianza, estábamos pensando bien. (COYOTE es la sigla de Cast off your Old and Tired Ethics, cuya traducción aproximada es: despréndete de tu vieja y gastada ética). Fuimos a hablar de la legalización de la prostitución. Otras iban para luchar contra la pornografía, eran del grupo gay. Nosotras no teníamos nada en contra de los videos «porno» -excepto las que afirmaban que nos quitaban clientes-. Al contrario, la mayoría aspiraba a ser «porno-star» para no seguir viviendo como vivíamos, de manera tan peligrosa y cansadora, con tanto desgaste para el cuerpo.
En nuestra delegación todas éramos fanáticas del artículo de Joan Nesle My mother liked to fuck («A mi madre le gustaba coger»), texto donde se cuentan las penas, alegrías y peligros a los que se expone una mujer proletaria -la madre de la autora- que no desea renunciar al placer del sexo aunque eso la pone en serios aprietos.
En el avión conocí a Nancy. Por ese tiempo yo pasaba por un período -por suerte breve- de cierto rechazo por los hombres. En el último año había trabajado demasiado, me producían alergia. Intimaba con ella. Dormía feliz con mi cabeza apoyada sobre sus pechos tibios y enormes. (Nancy nunca llegó a usar el corpiño colegial. Pasó directamente a uno especial -de poplín reforzado con ballenas-, más apropiado para distribuir el crecimiento descontrolado de sus senos que se desparramaban hacia todas partes.) Era de Kansas. Siempre estaba de muy buen humor. Durante el congreso llevaba encima un ejemplar de la revista Time donde se burlaban de la prohibición de los vibradores, las vaginas artificiales y los demás cachivaches usados para la «estimulación de los órganos genitales humanos». Reíamos como locas cuando nos mostraba el artículo.
Ella estaba muy ansiosa por conocer a Peter, un taxi-boy blanco como leche, andrógino y juvenil. Parecía de veinte y decían que ya había cumplido los treinta y tres. No era de los que tienen problemas con la erección, -pesadilla de los muchachos del oficio-. No, su pájaro enseguida alzaba la cabeza, bastaba con llamarlo. Cuando actuaba; no lo inhibían los equipos de filmación aunque, a veces, sumaban más de veinte entre artistas y técnicos. Se erguía cada vez que lo necesitaban, Peter se excitaba con cualquier cosa -yo creo que se calentaba viendo cómo se calentaba, así sucede con la mayoría-. Ese era el hombre que Nancy quería conocer. Bob, su amigo, había viajado con él, hacían una recorrida turística. No estaban invitados al congreso, pero apenas se enteraron, les despertó curiosidad.
Nosotras nos alojábamos con otras dos chicas en una pequeña pensión en la zona tradicional de Bruselas, cerca del Ayuntamiento. No fuimos, como la mayoría de la delegación, al Hilton. Decíamos que no tenía gracia ir a conocer la Vieja Europa y hospedarse en un Gran Hotel Americano. En realidad, a Nancy, a mí y a varias más nos daba vergüenza estar en medio de una delegación de mujeres explícitamente identificadas como putas. Puede parecer raro, ya que en nuestra profesión no solemos ocultarnos, pero aquí nadie nos conocía, podíamos ser como cualquier chica corriente y descansar un poco.
Según Peter, Bob tenía veintitrés años y era un superdotado en todos los sentidos. Su musculatura exhibía un nivel de definición y tonicidad digno de un candidato al Olimpia Senior. Su miembro medía diez pulgadas -reales-, y era casi del ancho de mi cuello. (Tiempo después, Bob se burlaba de mí. Aseguraba que por mi cabeza no circulaba más sangre que por la cabeza de su pene.) Nadie podía decir de él: «mucha dinamita para tan poca mecha», como una oye de los muchachos que se dedican al fisicoculturismo y usan esos slips sintéticos, como bombachitas de seda, donde sus órganos parecen diminutos comparados con lo grueso del cuerpo.
Conocí a Bob en el lobby del Hilton, él pasaba con violencia las páginas de un diario en francés. Era obvio que hacía ruido para llamar la atención, lo hojeaba tan rápido que no podía ver ni las fotos. Alto y hermoso, echaba vigilantes vistazos a su alrededor para averiguar si lo estaban admirando. Peter y Nancy, abrazados y sonrientes, me codeaban.
Con Bob comprendí en forma cabal lo que significa el amor a primera vista. Apenas lo descubrí suspiré de deseo y pensé «¡Bueno…!, quiero a ese muchacho ¡ya! en mi cama». Y enfilé directo hacia él, -de una manera, tal vez, un tanto masculina-. De repente se me había pasado todo el malestar y el rechazo que sentía hacia los hombres. Volví a ser la chica animosa de siempre. Entablamos conversación de inmediato; Bob se reía todo el tiempo con los ojos, al punto de que una no sabía si se estaba burlando o qué. Era de las poquísimas personas que son más lindas cuando no se ríen; como Robert de Niro, se le achicaban demasiado los ojos, parecía chino.
Entramos a un cuarto y, mientras hablábamos de los belgas o de cualquier otra tontera, sin más aviso, le puse una mano sobre el pene. Bob abrió la boca -o fue su mandíbula que cayó al piso- fingiendo una sorpresa que no podía estar sintiendo, pero su miembro, mucho más sincero que él, de inmediato se puso duro. Cuando se lo comenté más tarde, me respondió con tono neutro: «Slim es muy inteligente, a veces más que yo». Lo llamaba Slim, me explicó que ese nombre le recordaba a un simpático cowboy de Texas. «Saluda también a Slim», se hizo la costumbre de pedirme cada vez que entraba a la habitación. Yo se lo sacudía como si le diese la mano. Bob aseguraba que su pene gozaba de discernimiento propio. «Uno está dormido y él puede entrar en erección, ciertas chicas le gustan y otras no, tiene memoria, se le puede enseñar a funcionar más rápido o más lento, a cambiar de ritmo… es muy temperamental.» El resto de las noches dormí con Bob -y con Slim-. Peter se iba a otro cuarto y nos dejaba el lugar libre.
Fue estupendo porque además yo estaba en una época en la que no trabajaba. No es fácil «limpiar los órganos», que es como llamo a que mi sexo vuelva a estar a mi disposición y pueda gozar de nuevo. Mi médico dice que yo me anestesio mucho, pero ocurre que de todos modos, una no se olvida de las escenas sexuales actuadas mil veces. Las caras y los gritos de los clientes nos asaltan en la mitad del polvo y confunden y arruinan todo. Cuando tomo vacaciones y no estoy de fajina durante un tiempo, lentamente me recupero.
Si menstrúo es mejor, siento que se me limpia más rápido. Pero en realidad casi nunca me viene la menstruación; con la píldora mi ciclo prácticamente ha desaparecido. (No conozco hombre a quien le guste encamarse con nosotras cuando estamos con el período. La regla significa lucro cesante. Por eso, en aquella época, también las tomaba para aumentar mi plazo de disponibilidad sexual y, después de casarme con Bob, para hacer que mi menstruación coincidiera con los tiempos en los que no estaba filmando.) Creo que soy muy sana, luego de descansar un tiempo vuelve a normalizarse. Hasta ahora fue así.
Bob poseía un miembro asombroso (Slim era asombroso). Lo afirmo con cierta autoridad ya que conocí cantidad de ellos -al punto que, con sólo mirarle las manos a un tipo, por el ancho y largo de sus dedos, sé cuáles son sus medidas-. El suyo era desmesurado, como meterse adentro un poste o una maceta. En una temporada en Las Vegas. Bob ejecutaba un número de chuparse a sí mismo con eyaculación incluida. Le causaba mucha gracia; «en más de un sentido `Dios da pan a quien no tiene dientes'», comentaba, «no te imaginás cómo le gusta a Slim». Estaba muy orgulloso. Bob me explicaba que, según el Informe Kinsey, solamente tres de los miles de encuestados podían chuparse a sí mismos, y todos en complicadas posiciones: acostados de espaldas, con las piernas sobre la cabeza, usando una pared como soporte tras ellos, con la columna vertebral tan retorcida que la incomodidad les impedía disfrutar de su orgasmo. A Bob le gustaba eyacular en su propia boca.
No me cansaba de admirarlo. Tampoco yo estoy tan mal. Tres horas de gimnasio por día, excepto los domingos, mantienen todo en su lugar. Las líneas de mis músculos me gustan ligeramente marcadas, apenas definidas, sobre todo en los muslos y nalgas. Ahora soy delgada, pero sé que no me sienta estar demasiado flaca, me queda la cara como de pescado.
Paseamos por Europa cerca de dos meses, yo no me tomaba vacaciones desde hacía tres años. Llegué a estar verdaderamente distendida; fue nuestra mejor época. Sin embargo, ya en ese tiempo Bob comenzaba a preocuparse por su salud. Antes de dormir me hablaba del sida. Un amigo suyo se había contagiado, no sabían de quién. Era gay y también trabajaba en la Industria, llevaba una vida bastante promiscua. Agonizaba con un sarcoma de Kaposi en una clínica en Berkeley. Los actores tenían la obligación de hacerse controles mensuales de seropositividad. Las productoras, por una cuestión de mostrar el máximo realismo, exigían que la eyaculación ocurriera ante las cámaras. Por eso, a pesar de todo, en las películas todavía no se acostumbraba a usar preservativos. Bob se jactaba, decía que de todas maneras en su caso no le hubieran servido: no los había de la medida de Slim.
El temor al sida influyó en su decisión de tomarse una larga temporada de vacaciones en Europa. De ahí volvimos a Los Angeles, que estaba tan sucia y soleada como siempre. A los diez días nos casamos en Reno. Bob lo quiso así y yo acepté.
Nuestras infancias no habían sido precisamente un modelo de amor familiar. Hacía cuatro años yo me había marchado a la costa Oeste desde Fort Lauderdale, Florida. Estaba harta de mi papá y sus perros. Eran galgos de carrera, tres en el momento en que me mandé a mudar: Little John, Cash y Snowball. Perros que ya no servían para perseguir a la liebre mecánica en el Canódromo, porque se les había apagado la velocidad, y con los cuales mi papá se había encariñado de tanto verlos correr -y de tanto perder nuestro dinero apostándoles.
Mamá se había ido hacia rato. Mis últimos recuerdos de ella son de los once años. Trabajaba en el mostrador de seguros en el Aeropuerto, vendía seguros de vuelo a los que iban a embarcarse. Se quejaba sin parar de los cubanos; siempre estaba borracha.
Yo me pasaba el día en casa, con los perros, comiendo manteca de maní, hamburguesas con papas fritas y otros supercongelados que sacaba del freezer. A los diecisiete ya no iba al colegio y no tenía ganas de aprender a escribir a máquina, ni computación, ni ninguna de esas cosas de administración y contabilidad indispensables para que una chica consiga un trabajo decente. Así que, cuando me harté de que mi papá también perdiera al póker, y arrancara los teléfonos de la pared en ataques de furia, y de que nuestra poca plata se gastara en alimento para los perros, y de que él les hablara -conmovido- de las grandes carreras que pudieron haber ganado e, incluso, de las que habían ganado, pero hacía ya mucho tiempo. Cuando me harté de todo, empecé a salir con un muchacho y con otro y otro, y en los hoteles miraba videos porno y el resto del día estaba en el gimnasio de Michael. De ser una gordita «manteca de maní» pasé a convertirme en una diosa flaca y musculosa.
Michael me conseguía clientes por una comisión, pero me daba cuenta de que lo mejor era hacer películas. Soñaba día y noche con filmar. Mis actrices favoritas eran las hermanitas Susan y Vivian Jones, Cinderella Byron y sin duda la magnífica, la más grande: Victoria “Sleeping Beauty” Morrison -ahora un poco madura-, que se había hecho famosa por escenas en las que la poseían, dormida como una muñeca, entre varios hombres. Siempre trabajaba para el gran John “Bigstick” Williams, el más taquillero de los videastas de la costa Oeste. Y de tanto ver películas decidí viajar a conocer ese ambiente. Pero no pude entrar a los estudios hasta que me casé con Bob.
A él no le había ido mejor con su familia. Me contaba que cuando tenía cinco años, su madre se hacía la muerta, a él lo aterraba no poder despertarla. También jugaban a «La mano muerta», que consistía en acostarse juntos en la cama y que su madre, con los ojos cerrados, dejara caer su mano, al azar, sobre cualquier parte del cuerpo de Bob. A veces le aplastaba los testículos, en general terminaba masturbándolo. A los dieciocho él quería adelgazar, le recortaba la grasa al jamón. Su madre, a propósito, le hacía sándwiches con esa grasa. Decía que le daba pena tirarla.
La única vez que visitamos a sus padres y hermanos en Wichita Falls, su madre me sorprendió. Era petisa, gorda, desinhibida y con una voz gruesa y rasposa. Tuve miedo de ella; me fui con la extraña sensación de que en esa casa todos eran hombres. Bob me contó, muy avergonzado, que en la adolescencia había sufrido convulsiones epilépticas. Perdía el control sobre sí mismo, se orinaba encima, era terrible. «Los chicos son los que están más solos», me decía. «No se pueden comunicar». Nunca supe con exactitud a qué se refería, incluso llegué a pensar que le habían hecho algo más que no me quería contar; una violación o algún tipo de ataque sexual.
Su primera experiencia con la pornografía le resultó rara. Sus compañeros de tercero de la preparatoria hacían circular, entre risitas, un libro de tapas forradas. La profesora se los quitó de las manos, se paró en el pasillo en medio de las filas de pupitres y lo encendió con un fósforo. Sorpresivamente el libro ardió con una gran llamarada, chisporroteaba como si estuviera impregnado de pólvora. Seguramente porque se trataba de un libro pornográfico.
Después de casados nos instalamos en Santa Mónica, en una casa de los suburbios, y comenzamos a pagar las cuotas de la hipoteca y de los dos autos. Entré a la Industria a través de mi esposo. Siempre hice papeles chicos, me resultaba difícil actuar. No porque tuviera vergüenza, en realidad las que más me costaban eran las escenas no sexuales. Aquellas en las que tenía que lucir natural, cotidiana, decir algo de texto.
Además, yo no era un fenómeno en ningún sentido, no gozaba de ninguna cualidad sobresaliente. Y casi todos los que trabajan en la Industria -porno o no porno- las tienen. Algunos, como Bob o Nancy, poseen enormes órganos; otros, un prodigioso desarrollo muscular, algunos -hombres o mujeres- son increíblemente hermosos y apuestos, otros -esos también son un fenómeno- son maravillosos actores. Al final una se da cuenta de que todos son extraordinarios en algo. Yo no contaba con ningún atributo, nunca me destaqué, ni llegué a interpretar papeles protagónicos.
No obstante, vivíamos bien; Bob ganaba mucho y yo aportaba lo mío. No necesitábamos atender clientes, que es lo más desagradable. (Siempre es mejor trabajar con gente de la profesión, es menos salvaje y peligroso. Las relaciones sexuales que se muestran al público ocurren entre compañeros de oficio, todos obedecen las órdenes del director. En el caso del encuentro con un cliente el vínculo es desparejo: ellos pagan y exigen.) No toda la gente de la Industria me gustaba, pero estábamos en el mismo oficio. No había lugar para el desprecio. Es cierto que existían jerarquías, pero en un sentido nos encontrábamos en el mismo plano.
Bob estaba orgulloso de la versatilidad actoral de Slim. Lo llamaba «Slim, el mentiroso». Era un artista en fingir el orgasmo. Había adquirido esta habilidad en su larga etapa de taxi-boy, cuando se acostaba con siete u ocho homosexuales por día. Era materialmente imposible eyacular cada vez. «Slim retenía el semen y yo gritaba como un cerdo en el matadero, Slim es un gran comediante. Después lo retiraba, él lentamente perdía parte de la erección y quedaba listo para el siguiente.»
Me hice vegetariana para acompañarlo, a él le asqueaba lo animal, «son todos cadáveres». Decía que un ambiente ideal para una porno es la carnicería, «el amante carnicero te dice la verdad de lo que sos: carne». Hacíamos una dieta ovo-lácteo-vegetariana. Paseábamos en moto. Después de estar todo el día en el cuarto, tocando la guitarra, él salía ahumado por el incienso. En la moto yo iba abrazada a su cintura; su pelo flameaba al viento, me hacía cosquillas en la nariz y me impregnaba de olor a incienso.
No nos resultaba fácil aceptar nuestro trabajo. Sabíamos que por el momento no podíamos hacer otra cosa. Ahorrábamos para el futuro, como tantos otros que dependen del rendimiento de sus cuerpos -en esto no éramos diferentes de cualquier deportista-. Estábamos hartos de las resbalosas sábanas de satén color crema, de los guantes de seda negra largos hasta más allá del codo, de abrir y cerrar braguetas, de engrasar órganos, de las uñas postizas esmaltadas de rojo sangre, de los infinitos consoladores y, sobre todo, de los machacantes y repetidos gritos de «Honey, I’m coming, I’m coming, Honey» en voces de hombres y mujeres, acompañados de las muecas correspondientes.
Bob les ponía nombre a nuestros trabajos actorales: éste se llamaba cinco mil dólares, aquél tres cuotas de la hipoteca, el otro medio auto. Odiábamos algunas escenas, particularmente aquellas en las que pervertían animales. (Nos gustaban los animales.) Recuerdo en especial los ejercicios de un cerdito con el pene como un tirabuzón y otra donde un delfín se masturbaba con el chorro de agua de su acuario.
Evitábamos ir a nuestras mutuas filmaciones, aunque a veces nos tocaba trabajar juntos y no podíamos negarnos. No me gustaba ver a mi pobre Bob atado sobre una mesa de torturas; o colgado del techo de una mazmorra medieval, con péndulos de plástico suspendidos de su pene, («el bueno de Slim cargado de cadenas», bromeaba Bob), mientras varias mujeres lo acariciaban, chupaban y mordían. O que señoras vestidas de cuero negro, con el pelo peinado con gel, lo flagelaran con látigos de utilería. Siempre lo contrataban para videos dirigidos a un público de lesbianas sadomasoquistas, entre ellas era una verdadera estrella. Encontraban en Bob una curiosa faceta femenina.
A él, por su parte, lo entristecía verme como «tragasables». Al principio, para lograr un control sobre mis náuseas, tuve que entrenarme durante muchos días presionando la base de mi lengua con los dedos. Eso reducía en parte el reflejo del vómito. Con el tiempo me convertí en una experta. Me tomó varias semanas dominar la técnica hasta lograr aceptar un pene en lo profundo de mi garganta. Me acostaba con la cabeza colgando por debajo del borde de la cama y así lo tragaba. Si debían repetir las tomas varias veces terminaba con un fuerte mareo por estar con la cabeza por debajo del nivel de mi cuerpo. No conseguía hacerlo si estaba resfriada: me asfixiaba.
Bob me suplicaba que nunca tragara el semen. Me llevaba al dentista muy seguido, tenía miedo de que la enfermedad entrara por una caries. Contaba de un amigo que se contagió a través de los ojos, lo habían salpicado con gotas de sangre de un sidoso.
A mí el esperma me da asco. Algunas chicas recomiendan tragarlo de golpe, dicen que así casi no le sienten el gusto. Yo solía retenerlo cerrando la garganta y, cuando cortaban la escena, la dejaba caer de costado, por la comisura de mis labios, sobre un Kleenex o una toalla. Describen su sabor como algo amargo, pero para mí es como una mezcla de harina y sebo de vela con olor a lavandina.
Cierta vez Bud Schultz, alias «el papero» -porque su familia tiene plantaciones de papas en Arkansas-, a quien también llamaban «La pistola más rápida del Oeste», se ofendió porque escupí y me limpié su semen en sus propios muslos. El hombre eyaculaba como un burro, lanzaba baldes de esperma. ¿Qué creía?, ¿que lo suyo era un don de los dioses?
Sólo una vez vi sonreír a Bob durante una filmación. Me observaba en una toma en la cual yo montaba y espoleaba a Helga, una sueca acromegálica de casi dos metros de altura, con nalgas y pechos bamboleantes como globos llenos de agua. Le habían puesto una montura y riendas de seda negra atravesaban sus labios como una mordaza. A él le causaba gracia verme clavarle las espuelas de goma -pintadas imitación metal-, y gritarle insultos de apostador que ha perdido una carrera en el hipódromo.
Por suerte todos éramos experimentados. Se consideraba una falta de profesionalismo que un actor se calentara de verdad. Esto perturbaba el trabajo de sus compañeros de escena. Es cierto que los hombres alcanzan un grado de excitación real, entran en erección; pero siempre hay un resquicio para el engaño, para la actuación. Se comprende que su deseo no es auténtico. El hecho de estar trabajando por dinero es de gran ayuda.
A los que se descontrolaban y lo hacían en serio, se los despreciaba. Eran los babosos -los llamábamos hot-dogs-, no reservaban lo verdadero para sus momentos íntimos. El problema era que muchos no gozaban de momentos íntimos: estaban solos, esos eran los más peligrosos. Buscarles novios o amantes se convertía en una cuestión de salud mental para el resto del equipo. Después de alguna escena especialmente fuerte decíamos en forma casi ritual: no fue nada personal. Es un viejo chiste del gremio, pero nunca pierde vigencia.
Habíamos festejado nuestro tercer aniversario de casados y sin duda éramos una de las parejas más estables entre nuestros amigos, cuando le di a Bob la noticia de mi embarazo.
Él estaba en el set, persiguiendo a Sally y a otras dos chicas que aparentaban tener doce pero, en verdad -por cuestiones legales-, ya habían cumplido los dieciocho. (Nunca supe dónde las encontraba Lucille, la persona encargada del casting y con quien todos tratábamos de congraciarnos.) Como decía, estaban esas chicas jugando badminton con sus polleritas de tenis y sin bombacha, con cintas en el pelo y chupetines de colores en las manos, correteando por un parque florido mientras Bob las acosaba desnudo. En un intermedio le anuncié que iba a ser padre. Mi marido era muy profesional, siguió filmando todo el día como si no le hubiera dicho nada y cuando nos encontramos en casa se derrumbó como un chico.
Atravesamos varias etapas. Al principio me exigía que abortara; era un suplicio para Bob no saber quién era el padre, no había sido un hijo buscado. Casi nos separamos. Yo tenía la certeza femenina de que era de él, estaba segura. Con el tiempo lo convencí o dejó de importarle; se resignaba diciendo que de todas maneras lo iba a querer.
Por unos días estuvo tranquilo, pero de inmediato lo acometió la vergüenza. Nunca vi a nadie sentirse más indigno. Decía que él no debía tener hijos, verían las películas y después no podría mirarlos a los ojos. Se deprimió tanto que llegó a meterse en cama varias semanas.
Fuimos de vacaciones a México, nos hacía falta. Allí jugó con los niños alojados en el hotel, antes jamás le habían interesado. Después del almuerzo solía contarles cuentos provincianos del Medio Oeste, a un grupo de chicos que se rebelaban cuando sus padres los mandaban a dormir y solían vagar aburridos por el hotel a la hora de la siesta. Bob nadó, desempolvó sus habilidades deportivas, unos cuantos adolescentes admiraron su destreza para ejecutar saltos ornamentales. Y, sobre todo, nadie lo reconoció; ese era en el fondo su gran temor.
Cuando regresamos todo parecía andar bien. Una vez se despertó a la madrugada y me dijo que quizás, dentro de unos años, las películas ya no le interesaran a nadie y podríamos comprar el lote completo por poco dinero y destruirlo. Para que se quedara tranquilo le dije que me parecía una buena idea. Pero él solo se dio cuenta de que se trataba de una de aquellas soluciones brillantes, concebidas durante el sueño y que, a la luz del día, se revelan como disparates. No sería posible juntarlas a todas, el material estaría disperso por el mundo.
Yo había dejado de trabajar. Cierto día, cuando cursaba el quinto mes de embarazo -y la curva lisa de mi vientre era bien visible-, le alcancé un Martini en la ducha. Me asusté cuando advertí que se había afeitado el culo. Le pregunté si lo había hecho por alguna exigencia del guión, pero no quiso contestarme. Me pareció un detalle siniestro, Bob tenía mucho vello, sus nalgas afeitadas resaltaban de manera obscena.
Por esa misma época empezó a no poder dormir. Alquilaba muy seguido videos de cualquier clase y se quedaba despierto hasta la mañana. Cuando yo abría los ojos me encontraba con la habitación bañada por la luz grisácea del televisor. Semanas más tarde me comentó que estaba preocupado por un hombre que veía en los videos. Esta persona parecía ajena a la escena que se proyectaba. A veces miraba directamente hacia la cámara, otras, pasaba por el fondo del decorado o entre los actores como si fuera invisible. Una vez se acercó a la pantalla y lo miró directo a los ojos. Tomó aire como para hablarle, Bob se asustó, pero después el hombre pareció arrepentirse y se retiró fuera de su visión. Siempre era el mismo tipo.
«Es un alma desencarnada que vaga atrapada en las películas, un fantasma del video», decía Bob. «Debe ser alguno de nosotros muerto.» Afirmaba que se lo topaba en distintos filmes que no tenían relación entre sí. Había intentado encontrar un común denominador, quizás habían sido producidos por la misma compañía, filmados en el mismo estudio o con los mismos técnicos. Comparaba los repartos de cada una y no hallaba similitudes. Le sugerí que consultáramos a un psiquiatra, pero no me hizo caso. Yo no quería comentar lo que sucedía con nadie, temía que la productora no volviera a contratarlo si pensaban que estaba loco. Según el convenio con el sindicato de actores todos sus trabajos se consideraban free-lance. Yo tenía pocas amigas a quienes contarles y no fueron de gran ayuda. Me recomendaron que esperara, decían que estaba atravesando por una crisis, ya se le iba a pasar. Y así fue, se le pasó o -con lo que vino después- dejó de tener importancia.
Una mañana durante el desayuno me dijo que se iba a buscar un trabajo decente, no podía destruir los videos, pero no iba a continuar haciéndolos. Si se lo explicábamos con inteligencia, nuestro hijo lo entendería. Lo tomaría como una etapa de nuestras vidas que habíamos dejado atrás. Yo estuve de acuerdo, en realidad, me emocionaron tanto sus palabras que lloré toda la mañana. Sentí que Bob había madurado.
Comenzó a trabajar en los gimnasios. Fue instructor de aparatos, dio clases de aerobics, se empleó como guardavidas en las playas de Santa Mónica. Ganaba el diez por ciento de lo que le pagaban por las películas.
Cuando estaba a un mes de la fecha del parto, una noche tuve ganas de tener relaciones con él, hacía mucho tiempo que no lo hacíamos. Lo destapé con delicadeza y le bajé los calzoncillos. Ni se movió, dormía profundamente, su nuevo trabajo en el gimnasio lo dejaba exhausto. Llevaba el pene atado al muslo con un grosero esparadrapo cubierto de tela adhesiva. Me quedé asombrada mirando aquello.
Sin pensarlo intenté quitárselo. Al tirar, arranqué los pelos pegados a la tela adhesiva, se despertó sobresaltado por el dolor, me dio un empujón y se apartó, sentándose contra la cabecera de la cama. «Slim se quiere meter adentro», me dijo aterrado, mientras agarraba con desesperación su pene con la mano derecha como si se tratara de una serpiente venenosa, «por eso lo tengo amarrado».
La mano le temblaba, la cabeza de su miembro había adquirido un color violáceo oscuro por la fuerza con que lo apretaba. «Te estás lastimando», le dije tomándolo por el brazo. Él me alejó nuevamente y me pidió cinta adhesiva. «Vos no entendés», me gritó mientras yo buscaba en el botiquín del baño, «cuando se meta en mi vientre me voy a morir».
Recorrimos médicos, no aceptó ir a un psiquiatra, decía que le iban a dar sedantes y cuando estuviera descuidado, su pene se enterraría en su panza. Al fin dimos con un médico de Hong Kong que dijo saber lo que ocurría.
Yo hubiera esperado encontrarlo en el barrio chino, pero su consultorio quedaba en el barrio chicano de Los Angeles, cerca del mercado de cítricos de la John Lennon Avenue. Me devolvió la confianza descubrir la sala de espera atestada, parecía un vagón de subte en la hora pico. Había gente de todos los colores y nacionalidades. Después de un largo rato, nos hizo pasar. Era un chino viejo, con unos bigotes largos y ralos. Tenía manos bondadosas, no hablaba en inglés. Nos habían contado que atendía en forma alternada: dos meses en Los Angeles y dos en Hong Kong. A su lado, otro chino -también viejo- oficiaba de intérprete. No había mucho que explicar. Bob se bajó los pantalones -por comodidad ya no usaba calzoncillos-; su pene estaba atado contra el muslo, sujeto por tres vueltas de tela adhesiva, sus colores iban desde el púrpura vinoso al del hígado crudo.
«Lo llevo anclado», intentó bromear Bob, aunque transpiraba de angustia. El médico dijo algo que el intérprete tradujo como: «Temor de que se marchite…er… encoja…, se meta dentro de abdomen. Enfermedad de la tortuga, arruga cuello y… desaparece». Cuando pronunció estas palabras, Bob lloró de miedo; temblaba como afiebrado y apretaba su miembro contra el muslo. El médico dijo algo breve, su traductor exclamó con tono severo: «Mucha autocomplacencia… vicio de la mano… Símbolo Yin. Ahora tu… mucho femenino.»
El médico abrió un armario laqueado de negro y tomó una cajita de cartón, de ella sacó un raro instrumento y se lo extendió a Bob con una leve sonrisa de compasión. Su gesto expresaba piedad, daba a entender que estaba desahuciado. Le dio una larga explicación, mostrando con ademanes elocuentes como se usaba el aparato aquel. El intérprete dijo: «Li-teng-hok… pone aquí adentro y ata… fuerte a la cintura…». El artefacto semejaba dos cucharas enfrentadas por su concavidad, allí se colocaba el glande y se las cerraba con una grampa. Ambas estaban unidas entre sí por el mango y éste, a su vez, a una cuerda que se ataba a la cintura. El pene sujeto por la cabeza y amarrado no podría escapar hacia el interior del cuerpo.
El médico chino, a modo de despedida, dijo en inglés: «Muy bueno». Mientras nos acompañaba hasta la puerta, el intérprete comentó en tono confidencial, pero con mucha mímica: «Paga doscientos dólares… Li-teng-hok muy bueno… de su abuelo… él también enfermedad de la tortuga». Tuve la impresión de que los chinos se aprovechaban de nosotros. Pero a Bob no le importó; se fue de allí desconsolado. Fabricó una copia del aparato adecuada a su tamaño y le envió de vuelta por correo el modelo original al médico.
Pocos días antes del parto desapareció y desde entonces no he vuelto a verlo, ni supe nada de él. Yo también necesité que me cuidaran; las chicas se turnaban en el hospital. Los primeros tiempos fueron muy duros, después me fui arreglando. Hacía pequeños papeles y, como con eso no nos alcanzaba para vivir, conseguí entrar en la oficina de casting. Al principio el sindicato de actores se opuso, me presionaron para que eligiera una cosa o la otra, pero los ablandé con mi historia.
De Bob nunca recibí noticias, ni siquiera los chismes habituales del estilo de: lo encontré en un bar en New York, o actúa para tal director. A veces pienso que regresó con su madre; otras, que se casó con otra, con la condición de no tener hijos -no podría soportarlo-. Cuando estoy deprimida pienso que se suicidó.
Bobby ya cumplió seis años, en este momento está comiendo cereal con leche, me pregunta si se puede sonar los mocos en la pileta de la cocina. Afuera, en el patio trasero, un gorrión picotea entre las baldosas andando a los saltitos. Pienso que algún día le mostraré a Bobby las películas de su padre. Para que lo conozca.

Más del autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *